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Cómo se celebraba el Miércoles de Ceniza en la Catedral de Huesca, en la Edad Media

Ilustración de los actos de celebración del Miércoles de Ceniza en la Catedral de Huesca, en la Edad Media
Ilustración de los actos de celebración del Miércoles de Ceniza en la Catedral de Huesca, en la Edad Media

El Museo Diocesano de Huesca dio a conocer en sus redes sociales el ceremonial que se celebraba en el inicio de la Cuaresma, con la conmemoración del Miércoles de Ceniza durante la Edad Media. Un complejo ceremonial, cargado de simbolismo, la llamada "Penitencia Pública", que se conoce gracias a dos documentos conservados en el Archivo capitular: el "Pontificale" del siglo XIII y la "Consueta Sedis Oscensis" códice del siglo XV.

En ambos documentos se relata con gran precisión el ritual que se realizaba con los llamados "penitentes": fieles a los que la Iglesia, tras haber confesado en privado sus pecados y si la culpa era gravísima (adulterio, homicidio y apostasía o herejía) imponía al pecador, arrepentido ya, una penitencia, moral y corporal, que debía ser cumplida delante de todos los fieles, como reparación del daño causado a la comunidad.

En Huesca está "Penitencia Pública" se concretaba el día de "miércoles de ceniza" en la Catedral en el que, tras asistir al oficio en el que se imponían las cenizas a primera hora de la mañana, los penitentes descalzos, sin ceñidores en las túnicas y con los rostros cubiertos, eran conducidos por el vicario en procesión al claustro de la catedral, mientras eran flagelados y cantaban antífonas de arrepentimiento. Una vez en el claustro se arrodillaban delante de un sitial colocado en el mismo lugar con una cruz cubierta por un paño morado para cantar las letanías de los santos y el oficio de difuntos, para regresar a continuación en procesión y flagelados hasta el altar mayor de la Catedral, donde escuchaban un sermón.

Al terminar el sermón, los penitentes eran de nuevo conducidos hasta la puerta de la catedral donde un sacerdote cogía uno por uno de la mano y los sacaba fuera de la iglesia diciendo "He aquí, oh hombre, que hoy serás expulsado del seno de la Iglesia". Y de manera simbólica los dejaban fuera mientras el sacerdote volvía al interior cerrando la puerta para comenzar la celebración de la misa. Estos mismos penitentes se volvían a recibir e incorporar al seno de la iglesia, una vez acabado el tiempo de Cuaresma, el día de Jueves Santo (Cena del Señor).

Los pecadores no confesaban públicamente los pecados, sino que asistían al acto, confesados ya y arrepentidos y, probablemente, habiendo recibido con la absolución sacramental el perdón de los pecados, si bien es de suponer que habrían sido absueltos condicionalmente: faltaba para la validez del cumplimiento de la penitencia impuesta por el ministro.

Todo esto se conoce gracias a las transcripciones y publicaciones de quien fue canónigo de la catedral y archivero de la misma: Antonio Durán Gudiol. Este ritual cargado de teatralidad, dramatismo y simbolismo se acompañaba de textos y formulas de extraordinaria belleza, así como de melodías gregorianas que lo convertían en todo un espectáculo que se mantuvo hasta adentrado el siglo XV.