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La naturaleza se protege de sus mayores depredadores: nosotros

Los espacios naturales necesitan un mayor respeto por parte de los usuarios

geoparque de Sobrarbe
El geoparque de Sobrarbe atesora paisajes únicos y protegidos

Subirse a un dólmen con la bicicleta de montaña, rayar las rocas o los árboles, extender sirgas de una pared a otra o llevarse fósiles, forman parte de los gestos, desgraciadamente habituales, en el entorno natural de la provincia. La educación y el sentido común es la única herramienta posible a la hora de plantearse una salida a los espacios naturales que, al final, acaban protegiéndose de nosotros rodeándose de vallas. El SEPRONA vigila y puede acabar sancionando a quien se salte las mínimas normas del sentido común, mientras que los Agentes de Protección de la Naturaleza de Aragón realizan diariamente una imprescindible e intensa labor de vigilancia.

El problema, aseguran los expertos, es que cada vez somos más quienes salimos a la naturaleza y el aumento del interés no es proporcional al aumento en el respeto a lo que nos rodea. Nacho Pardinilla es guía y educador medioambiental y asegura que, a veces, no somos capaces de diferenciar entre lo urbano y lo natural.

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Los deportes de alto riesgo o los nuevos que van surgiendo, suponen en ocasiones un deterioro para el entorno natural. Además, la facilidad para acceder a zonas que antes eran impracticables, hacen que el territorio ofrezca más posibilidades. Aprovecharlas para disfrutar de la naturaleza pero evitando daños, debería ser la premisa cada vez que pisamos estas zonas , más frágiles de lo que pensamos.

Muy frágil

Subirse a un dólmen con una bicicleta puede acabar produciendo movimientos e inestabilidad, llevarse un fósil o hacer unas rayas en zonas especialmente sensibles como las paredes de un barranco, supone destrozar comunidades microscópicas de hongos y algas que necesitan cientos y cientos de años para cicatrizar.
Al final los organismos que gestionan estos parques, tienen que acabar instalando vallas para proteger árboles (como en la carrasca de Lecina), limitar pasos a zonas, controlar entradas a ríos o barrancos y sancionar si es necesario. La naturaleza tiene que acabar protegiéndose de sus mayores depredadores: los seres humanos.

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