Cartas al director: Hay más alegría en dar

Emilio Aguarod, Delegado diocesano de pastoral vocacional en esta diócesis de Huesca

El lema de la campaña del seminario de este año es "hay más alegría en dar que en recibir". El cartel de la Jornada nos presenta un sacerdote "feliz" entre un grupo de jóvenes en una peregrinación.

Todos aspiramos a ser felices; es el "deseo profundo" que Dios ha sembrado en cada persona, en lo más profundo de su ser. De ahí, que sea lógico el "buscar" esta felicidad. Lo que sucede es que no siempre se encuentra, o se localiza con cuentagotas, ó la propaganda quizás nos orienta engañosamente por caminos que acaban en lo contrario. Cada uno decide. Podemos acertar ó errar. La experiencia vivida estos últimos días, con motivo del terrible atentado en Madrid, nos ha mostrado el testimonio de muchísimas personas que "se han dado" gratuitamente, con plena generosidad. Ante este testimonio, seguro que puedo afirmar que se han llenado de gozo interior, quizás no satisfecho del todo, porque no se ha podido llegar a todo, dada la dimensión del atentado.

Al presentar este lema, la Iglesia nos recuerda, que también desde la fe y desde la vocación se alcanza la vivencia de "ser feliz" y además "de forma permanente" si uno es fiel a su vocación y siente el apoyo de una comunidad de hermanos.

El proyecto de felicidad del evangelio no se lo ha inventado nadie, salió de los labios de Jesucristo: las BIENAVENTURANZAS. Por esto, frente a un mundo que identifica el dinero con la felicidad, Jesús nos oferta la gratuidad y el compartir .Frente a la ley del mas fuerte que genera insolidaridad, Jesús nos dice que hemos de vivir como hermanos.

Frente a una sexualidad tantas veces desbordada, Jesús nos pide tener un corazón limpio. En una sociedad en la que se ha instalado la violencia, Jesús nos habla de misericordia y reconciliación. En un mundo que habla de "aldea global" pero mantiene racismo y divisiones y crea pobres, Jesús nos propone la paz, la acogida y la tolerancia .En un mundo que pierde la sorpresa ante el misterio y la trascendencia, pierde el valor de la religión como valor para humanizar la vida, Jesús nos llama a ser LUZ Y SAL.

Frente a tanto desengaño y angustia, los cristianos aportamos esperanza y alegría, en nombre de Cristo Resucitado. Todos hemos de entender que Dios cuando llama a un seguimiento, a una vocación específica, no es sino un camino de felicidad, en la entrega constante, diaria y comprometida a favor de las personas concretas. Ahí está el testimonio admirable de tantos santos y santas de Dios, de tantos hombres y mujeres de cada generación y de todas las épocas, que lo han vivido así y lo participan ahora plenamente en la Casa común del Padre.

Ojalá cale este mensaje y nos atrevamos a experimentarlo más. Se notará.

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