Hacer el Camino y no la guerra

Cristina Pérez

Los caminos no existen. Los hace el hombre al andar. Si el hombre abre una senda es porque siente la necesidad de llegar a algún lugar. Cuando el hombre deja de transitarla es que continúa su búsqueda por otro camino.

Pero, la primera brecha que abre en la tierra y luego abandona, se queda muerta de soledad, esperando que otro caminante le de vida.

Casi siempre el ser humano es ingrato con sus caminos, los abre, los vive y los deja cubiertos de nada.

El camino de las estrellas, aquí en la tierra, tiene vida. Y debe mantenerla. Porque, ese camino que alguien abrió hace siglos, primero buscando el fin de la tierra y luego la tumba de un apóstol, ese camino fue el que ayudó a hacer Europa. Y lo más importante, su búsqueda , su ir y venir, era en son de paz. A su orilla nacieron ciudades, a su sombra crecieron ermitas, iglesias, catedrales, se derribaron murallas; en sus campos, hombres y mujeres de otras culturas fueron dejaron su simiente, sus hijos, su futuro?todo en el camino. Al final, el fin, llegó a ser lo de menos. Lo de más era estar y hacer el camino.

Roma, Jerusalén, Santiago: romeros, palmeros y peregrinos. Todos hacen caminos. Caminos , como el que hoy recordamos, caminos para la paz. Este de Santiago tendría que ser el exponente de la perseverancia humana en busca de su alter ego más positivo. Quien hace el camino, acaba abriendo sus sentidos a la vida, al mundo. El ser humano que lo transita lo hace, casi siempre, porque fuera de esta senda, no encontró ninguna respuesta. Si solo una, si solo una pregunta tiene respuesta en el camino, la ruta ha merecido la pena.

Los hombres deberían hacer más el camino y menos la guerra.

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