¿Dónde está el otro lado de la reja?

Cristina Pérez

Nico llega cada mañana a eso de las once a la reja verde. Es como un gran portalón de altas columnas metálicas, entre las cuales, mete su cabeza y aguarda a que salgan los niños. Cuando llega el bullicio al recreo, Nico, los mira y no sabe si los envidia o los compadece. El lleva años vagando por las calles y, de vez en cuando, ha llegado a añorar esa sensación de equipo, de tener a un grupo con el que dejarte llevar cuando te falla la iniciativa propia.

Nico, que es un perro muy listo, pone la cabeza entre las rejas y se deja querer. Es el rato de los mimos de la jornada. Los pequeños, cuando las profesoras se despistan, acuden a la reja y lo acarician. Es la cita de cada mañana. Los niños le esperan, le dan las sobras del almuerzo y le tocan las orejas. Nico aguarda la hora y los críos también. Con esa ración de caricias y de pan vuelve a sus asuntos. Y ,siempre que se aleja de la reja, siempre, se va pensando en los niños. ¿Quién está encarcelado?, ¿él que está afuera o ellos que están dentro?. Porque una puerta metálica por la que solo pasa la luz y la cabeza de Nico, es un muro para los dos sentidos.

Una frontera que divide algo, una barrera para que unos no salgan, y otros no entren. Nico se va relamiéndo con restos de bollicao de chocolate en el morro y con el ego satisfecho. Hoy se dedicará a vagar por las calles, buscando el calor de algún patio del barrio viejo, donde las puertas no son automáticas, donde no hay rejas que separen.

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