No salgo

Cristina Pérez

Ni matasuegras, ni cava, ni cotillón, ni confetis, ni tacón, ni oro en la copa ni rojo en el interior. Sara no sale esta nochevieja. Hoy, ya tiene a una corte de amigas llamándose para quedar, eligiendo vestidos para no repetir, hora en la peluquería y enredos nocturnos para despedir un año y levantarse el día uno con resaca, sin ganas de comer y con la familia esperando a la mesa mientras, tú, apenas acabas de llegar de marcha.

Sara no sale esta noche. No sale porque, ella, es una rebelde sin más causa que ir en contra de todo lo que marca esta sociedad que, asegura ella, se empeña en encarrilar al personal a toque de pito. Y no. Sara no responde a ningún toque general.

Claro que esta filosofía no la comparten sus amigas que ven la nochevieja como una noche muy especial, donde están convencidas de que para cuando llegue paquitoelchocolatero, ya empezarán a cumplirse sus deseos, aunque el día uno llegue con el desencanto de que todo es absolutamente igual.

Las amigas tachan a Sara de sosa, de maula, de aguafiestas y no entienden ese pragmatismo al borde del aburrimiento. Sara es así. Y como ella hay todo un batallón de seres humanos que verán el espectáculo desde la barrera sentándose ante la tele o ni tan siquiera eso, con una cenita normal y sin esperar a las campanas. ¡Anda!, a ver si porque lo digan las campanas y su parafernalia, a Sara le va a cambiar la vida. Que no. Que Sara no sale.

Aunque, el miércoles a la hora de salir se le ponga un punto de morriña en el estómago y le suba el grado de envidia unos gramitos en la sangre. Sara no sale y punto. El consuelo es que, con todo lo que se ahorra, emprenderá las rebajas de enero. Eso sí, con la sensación extraña, seguro, de que algo se ha perdido.

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