Republicanos

Cristina Pérez

Fermín no puede olvidar nunca su espíritu republicano. Es mayor, tan mayor, que aún recuerda aquella navidad del 30 oscurecida por una sublevación agujereada por los cuatro costados. Lleva la tricolor metida en el corazón y, a veces, se convierte en un abuelo tan radical que, los nietos, ya saben que sus cartas en presencia del abuelo, hay que enviarlas a Papá Noel, ni hablar de los Reyes Magos, ni para esta ocasión consiente en un matiz monárquico.

Fermín se mira en el espejo y se ve a sí mismo como un niño buscando por el quicio de la ventana regalos, los que nunca llegaban, los que soñaba cada víspera de navidad y los que no recibían , tampoco, sus compañeros. En el cole, estos días, la maestra les daba fiesta y los troncos de la estufa dormían en un pozal junto a las tizas. Fermín se mira en el espejo y contempla, todavía, la mirada de un chavalín inquieto que en vísperas navideñas se preguntaba por dónde demonios entraban los magos de oriente sin dejar un rastro. Porque en aquél momento de su vida, la magia sólo residía en el juego de cartas que su tío Manuel hacía las noches largas de invierno. Por lo demás, los reyes magos - estaba claro- que tenían acceso restringido a la mayoría de los domicilios del pueblo, excepto a los crios de la calle alta, los del notario, que por algún motivo, siempre encontraban los regalos en la ventana.

En este doce de diciembre, setenta y tres años después de aquella sublevación fallida, el abuelo les volverá a contar a los nietos qué pasó y por qué hay navidades que no se olvidan. Era una época en la que, el mundo, estaba aprendiendo a crecer con la libertad. Y fue tan difícil que, aún hoy, cuesta trabajo.

La navidad que está por venir puede ser el signo de que, la vida, continúa. Incluso para el abuelo que lleva en su corazón la tricolor

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