Cenizas

Cristina Pérez

Han subido hasta el monte donde la nieve nunca muere. Han mirado hacia oriente, por dónde nace el sol, han cerrado los ojos y cada uno ha llenado su mente de un pensamiento positivo. Después, ella, ha abierto la copa de bronce y ha lanzado las cenizas al viento. El aire se ha encargado de esparcirlas por los rincones donde habitan las nubes . Luego ,la tierra , cuando el viento decida, acogerá las cenizas.

Esa era su voluntad. Y así se cumplió. La necesidad de este hombre era la de evaporarse, mezclarse con el viento y no dejar su envoltorio en un lugar hacia dónde nadie dirigiera sus pasos cuando quisiera hablar con el. Este hombre quería más. Quería estar presente siempre, no dejar nunca del todo a los suyos y que cuando un pensamiento perdido lo reclamara, estar ahí. En el aire. O donde se quede el alma de un hombre que fue bueno y que quiere seguir siéndolo desde donde quiera que se quede la buena gente.

No fue fácil la decisión. Incinerar no es un concepto que suene bien, no es algo que los abuelos aceptasen de buen grado. Porque la pregunta era la de siempre : ¿y a dónde iremos a dejarle flores y dónde estará para ir a verle y por qué no guardaís las cenizas?

Y a los abuelos hubo que contarles que fue su decisión, que el hombre aceptó la muerte como parte de la vida y que quiso permanecer suspendido en el aire, cerca de sus seres queridos.

Hoy, ella, ha subido al monte donde la nieve nunca muere. Ha mirado hacia oriente y ha lanzado un pensamiento de amor, para que el eco del valle se lo devuelva multiplicado. Por ahí debe de andar el. Pero, donde está siempre es en su corazón.

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