Cartas al director: Transporte escolar

Javier Palacio

Permítanme ustedes que al referirme a asuntos como la sanidad o la

Educación dispare todas mis alarmas mentales y ponga mi lupa a trabajar con mayor empeño que en otras cuestiones. Estoy convencido de que la autoridad competente tiene por desgracia prioridades distintas, de modo que así vamos hacia no se sabe dónde.

Fíjense ustedes en el problema, que no debería serlo, del transporte escolar. Por asuntos de descoordinación, falta de acuerdos, disparidades filosóficas que en realidad sólo son discrepancias presupuestarias y ganas de meter el dedo en el ojo político del adversario, los niños pueden quedarse en el limbo como en las leyendas teológicas. Se habla de conceptos distintos, de criterios diferentes, de partidas, de desbordamientos, de taxis, pero mientras tan amenos debates entre los alcaldes y Educación se producen, los padres no tienen nada claro como transportar a sus niños.

Y digo yo, y decimos muchos oscenses, que no debería ser tan difícil resolver una cuestión que no tiene nada de accidental. Estamos hablando de uno de los fundamentos del sistema y parece, si se hace caso a los argumentos a veces un tanto laberínticos de los políticos implicados, que se trata de un tema baladí. La conclusión que extrae el paisano interesado en estas cosas es que si nuestros gestores públicos no son capaces de ponerse de acuerdo en lo importante ya me dirán cómo podemos confiar en que lo hagan incluso en lo accesorio. Esperemos que unos y otros comprendan la necesidad de preocuparse al detalle de algo tan imprescindible como la educación de la más tierna infancia, y empezando por el transporte escolar. Algún día llegaremos, o no, a cumplir aquello que proponía el judío de Treveris y se pase de gobernar a los hombres a administrar las cosas con buen criterio. La educación y el cuidado de nuestros sucesores en la tierra, sin ir más lejos.

De cualquier forma cansa un poco tener que recordar lo obvio a estas alturas. Y sin embargo así estamos, mientras burócratas y políticos cantan sus tediosas milongas.

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