Con la punta de los dedos

Cristina Pérez

Ocho mil es un número mítico. Quienes han podido respirar un poquito de oxigeno a esa altura, llevan impreso en sus pulmones para siempre, la huella de un mundo lleno de silencio. Un silencio tan inmenso que reina sobre la vida de todos los seres vivos que habitan en esa altura.

Las montañas no lo ponen más fácil o más difícil. Ellas están y permanecen y nos sobreviven, ellas se dejan querer si la borrasca está lejos y se vuelven ariscas si las nubes negras tapan sus ojos. La montaña supone un reto, la montaña es una fijación, la montaña es una enamorada a la que, una y otra vez, se la intenta conquistar y reconquistar.

Por eso hay hombres y mujeres que han perdido la noción del tiempo y de la vida, sumergidos entre su abrazo de roca y su beso gélido. Y, por eso también, hay hombres y mujeres, que aquí abajo , no acabamos de entender el por qué de ese enamoramiento. No lo acaba de entender Marisa cuando su marido se despide en el portal con la furgoneta llena de cuerdas cada fin de semana. No lo entiende Paco, el suegro de Santi, cuando ve a su hija llorar a escondidas cada vez que las expediciones duran más de dos meses y las noticias tardan en llegar una eternidad y sólo lo entienden los crios pequeños cuando saben que, papá, se va con los ojos llenos de estrellas brillantes y con la promesa de arrancarle a la cima un trocito de su corazón para traerlo a casa.

Los montañeros necesitan vivir pegados a la roca y cuando bajan a tierra jamás cortan el cordón umbilical porque si cortan su influjo cortan su vida.

Un ocho mil es tocar con la punta de los dedos el cielo, sentirse tan solo y tan libre que casi da miedo. Las leyes del hombre no llegan a un ocho mil, por eso la libertad es absoluta. Y en esta tierra empieza a haber gente que ha sido muy libre.

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