No llego, no llego

Cristina Pérez

El conejito blanco de Alicia, la del País de las Maravillas, andaba estresado porque llegaba tarde a la cita con la reina y , reloj en mano, gritaba a todo el mundo que no llegaba. Bueno. Pues eso nos pasa a muchos. Que no llegamos. Pero es a fin de mes a dónde llegamos tarde. Vamos que no llegamos. Por lo menos más del cuarenta por ciento de los aragoneses andamos con los números convirtiéndolos en chicle, estirándolos para que el color rojo no siembre de desesperanza nuestro futuro en la cartilla de ahorros.

Y la abuela Isabel se nos mira con cara de risa. Porque la abuela Isabel siempre llegó. Una peseta se desdoblaba de forma casi mágica y hacía que llenara el puchero, que vistiera al crío pequeño y hasta que sobrara para comprar dos o tres mandarinas como postre extra algún domingo. La abuela Isabel dice que, quien no sabe guardar, nunca tendrá nada. Y no entiende la vida sin ahorrillos. No entiende que mamá se compre un perfume de sesenta euros si con el de lavanda que le dieron en el banco le valía; no entiende que papá se haya gastado tanto dinero en el último equipo de música, si con la radio despertador de la habitación ya tienen ruido: la abuela tampoco entiende que la hija mayor se gaste un dineral en ropa que, a los dos meses ya ni se pone: y la abuela no entiende que para que el pequeño esté entretenido le compren videojuegos, con lo que da de sí la calle.

En fin. Que así no hay manera de guardar. Por eso, la abuela, de su pensión saca cada mes lo indispensable...el resto..el resto lo va ahorrando para estos hijos que no saben guardar.

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