¿Yo también iré a Jaca?

Nuria Garcés

Uno es realmente consciente de lo miserable de la condición humana en momentos de agobio, de prisa, de muchedumbre. Esos en los que lo que prima es el sálvese quien pueda, y tonto el último.

Servidora acudió el domingo a Jaca, con la sana intención de disfrutar en familia del desfile final del Festival Folclórico de los Pirineos, que hacía años y años que no veía. Una iba preparada para el calor, la sed o incluso la hora de la merienda de los peques. Para lo que no íbamos preparados era para aguantar malos modos, mala educación, prepotencia y falta de respeto.

Me explicaré. Si el festival comenzaba a las 7, a eso de las 6 y media habíamos tomado sitio, de pie, en una céntrica calle de Jaca. Imposible comprar asientos, pues estaban todos vendidos. Se entiende. A nuestros lados, jacetanos sentados en sillas de plástico o incluso banquetas de camping que habían bajado de sus casas. Nuestro error fue no tener sillas, fueran del tipo que fueran. Nuestra presencia se convirtió, a partir de entonces, en un estorbo para todos, pues alguna fuerza sobrenatural decidió convertir en lugar de paso, el sitio en el que nosotros esperamos pacientemente una hora, a que llegase hasta nuestra altura el desfile. Una hora de empujones, pisotones, malos modos, protestas, patadas, niños literalmente chafados. Y todo ello, sin palabras amables, sin perdón y sin por favor.

Pero aquí no acaba todo. Lo mejor llega cuando, el público, sin demostrar la más mínima sensibilidad ni respeto, es capaz de ponerse a cruzar y a molestar, pasando entre medio de los grupos folclóricos que desfilan y cuando están incluso bailando y actuando. Llega también cuando, a las 8 de la tarde, y blandiendo los tickets de sillas pagadas con antelación, había gente (no uno, ni dos, ni diez) que pretendía pasar por encima de quien fuera, con la excusa de que ?yo tengo silla?. Y con ese privilegio en la mano, todo vale. Tener una silla que te está esperando vacía te da la posibilidad de ser el auténtico maleducado que molesta sin ningún miramiento al pobre ciudadano que, aun queriendo, no ha conseguido silla, y lleva paciente y educadamente esperando lo suyo. Eso sí, una señora que llegaba tarde con sus tickets en la mano, arguyó que tenía una madre de 99 años. ¿Y?.

Ante semejante situación (no exagerada ni un ápice) uno deja de ver el festival con buenos ojos, y resiste lo que dura, ya por puro prurito personal. Y porque si servidora se da la vuelta y se marcha, va a molestar a todos los pobres que, como yo, llevan horas sufriendo la mala educación de otros muchos. Si alguna vez vuelvo, les prometo que echaré las sillas de la terraza al maletero del coche.

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