Pincelada laurentina día 2

Luis Laiglesia

San Lorenzo suele estimularme determinados sentidos que habitualmente pasan bastante desapercibidos como son el oído y, en especial el olfato, ese sentido que con tan solo un ligero aroma es capaz de despertar mil y un recuerdos.

La sola mención de San Lorenzo me evoca el olor a albahaca que queda en la plaza tras la ofrenda al santo, cuando los oscenses asaltamos el palo del repatán para llevarnos una pequeña ramita de la hierba típica de Huesca. Después de numerosos tirones y jirones, se reparte por toda la plaza el olor característico de la albahaca marcando ya en mi subconsciente, el adiós a la fiesta.

Pero antes, el día 10, he disfrutado de los sonidos que entregan a la ciudad las campanas de la basílica de San Lorenzo, campanas que tañen jubilosas a la salida del patrón y acompañan los primeros pasos de la procesión. Son campanas importantes que hablan de la grandeza del templo, campanas que contrastan con el pequeño tintinábulo que precede la mencionada procesión.

Después el olor a piel curtida que desprende el taller de mi querido y llorado Pedro Lafuente, toca almuerzo ahora con su hijo, digno sucesor como anfitrión de la mañana del día 10.

Pero antes el día 9, otro sonido, el del cohete, ha marcado el inicio de la fiesta. Un estruendo se oye en el cielo. Tras la explosión aumenta el jolgorio en la plaza de la catedral, algo que parecía imposible ya que desde hacía una hora el ruido era ensordecedor.

Por eso para mi San Lorenzo es una serie de pequeñas sensaciones, pequeños momentos que se repiten de forma rítmica hasta que el día 15 percibo el olor a pólvora que desprende la traca final de fiestas.

Comentarios