Oxido

Cristina Pérez

El Ferrocarril de Canfranc, es como dijo en su día Juan Lacasa, un cadáver que nadie se atreve a quitar de encima definitivamente. Y ¿Por qué?. Muy fácil. Es difícil hacer oídos sordos a los gritos que desde hace treinta y tres años se están dando, a modo de relevo, en el Pirineo y en todo Aragón. Todo es cuestión de sumar y de cifras.

Hace 150 años se conocía por primera vez el proyecto de la creación del ferrocarril Zaragoza-Pau por Canfranc. Desde ese año de 1853, hasta su inauguración, pasaron 75 años. Todo ese tiempo para poner en marcha un gran proyecto. Curiosamente ahora se cumplen otros 75 años de su apertura. Demasiados años en total, demasiadas voces, demasiada fuerza gastada entre las vetustas vías oxidadas de este camino de hierro.

Todos recordamos en el sesenta aniversario de 1988, a la villa de Canfranc acogiendo de manera casi mágica e inexplicable a cerca de diez mil aragoneses, solicitando ?Vía libre?. Todos recordamos a alcaldes como José Marraco y como el incombustible Víctor López dirigiendo un ayuntamiento donde, siempre, la prioridad era y es la reapertura, todos en algún momento hemos hecho nuestra la reivindicación de la reapertura. Incluso el mismo día de la puesta en marcha del gran túnel carretero de Somport; incluso ese día todos miraban hacia el norte por donde transcurre el óxido del tiempo, entre las traviesas del camino.

Por eso, ¿quién va a ser capaz de quitarse este ?cadáver? de encima? Hay que resucitarlo, ponerlo a trabajar y sobre todo, seguir mientras tanto demostrando al mundo que setenta y cinco años después, el Canfranero no es un cadáver, es una vía que duerme esperando que el beso de la buena política lo despierte.

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