Una de cine, por favor

Rebeca García Cortés

"No me llames iluso, porque tenga una ilusión", así, tarareando este estribillo tan rumbero me he pasado días y días hasta que por fin, y digo por fin porque hay que ver qué largas se hacen algunas esperas, ha llegado mi ilusión: el Festival de Cine de Huesca.

Expectativas, todas. Más aún cuando en las noticias nombrábamos el consabido "la XXXI edición...." e inevitablemente pensaba ¡31 años! Se dicen pronto, pero en estos tiempos tan acelerados y cambiantes que nos han tocado vivir es difícil, muy difícil, mantenerse en la tabla y enlazar ola tras ola, sin caerse y lo más importante, sin perder el rumbo. Así que, antes de que traspasase su línea de salida, yo ya me quitaba el sombrero ante el Festival; la veteranía es un grado.

Lo reconozco abiertamente, el cine es una de mis pasiones. Junto con aficiones como la música o la lectura, ir a ver una película es de las cosas que hago porque sí, no porque me sirvan sino porque, en cierto modo, dan sentido a mi vida.

Compras tu entrada, cruzas la puerta y desconectas. En el momento en que se apagan las luces, ya no importa cuántas butacas hay a tu alrededor (a no ser que los que estén en la sala se empeñen precisamente en lo contrario con ruidos, gritos....). Lo único interesante es la historia que te van a contar, una historia que por unos minutos vas a hacer tuya y que, sin darte muchas veces cuenta, te regala enseñanzas como que aprovechar el momento adecuado es la clave de la vida, que arriesgarse merece la pena porque siempre hay algo más o que sin imaginación, no hay vida.

Pues bien, todo esto y mucho más es lo que tiene el Festival de Cine. Un menú de lujo en el que proyecciones, homenajes, exposiciones... empapan a Huesca de la magia del séptimo arte y la convierten, por unos días, en un punto de encuentro de experiencias y gentes de distintas procedencias y ámbitos, que juntos conforman un sabroso cóctel cultural.

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