De paso

Cristina Pérez

Un trocito de la raya del horizonte, un golpe de aire de las montañas, dos o tres nubes de las que amenazan lluvia y nunca cumplen y el trino de aquél ruiseñor que desafinaba. Todo eso quiere meterse en la maleta a su vuelta de las vacaciones. Desde las navidades aquí, nada. Trabajo, trabajo, familia, familia y la rutina machacándole en las sienes. Hasta esta Semana Santa. Esta vez se lo ha tomado en serio. Y eso que tomarse las vacaciones en serio no es nada fácil. Quiero decir que, esta vez, no va a perder el tiempo -¡¡con lo bonito que es perder el tiempo¡¡- en paseos inútiles, comidas copiosas, siestas eternas y guiñotes en el local de los apartamentos. No. Esta vez, quiere sentirse uno más. Otra. No piensa acudir ni a una procesión. Estas vacaciones va a intentar mimetizarse con el vecino del pueblo. Charlar con ellos, sentir que la calle es también de el, que los caminos le son familiares, que los árboles le conocen desde que eran esquejes, que las piedras del camino le reconocen porque él también las lanzó en la plaza.....necesita sentirse del sitio que habita en vacaciones.

Porque es la única forma de alejarse de esa sensación de estar de paso. De paso, de paso. No le gusta cuando le pregunta algún vecino aquello de ?qué ¿de paso no??, no le gusta porque es como si de repente, perdiera todos los derechos a cogerle cariño al aire del pueblo. Y no. Esta Semana Santa no quiere estar de paso. Quiere estar y ser. Porque quiere volver a casa con las maletas repletas de una raya del horizonte, un golpe de aire y el canto de aquél ruiseñor que desafinaba.

De paso no.

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