¡Mamá, quiero ser famoso!

Rosa González

La popular frase de Concha Velasco ?Mamá, quiero ser artista? ha tenido que adaptarse a los tiempos modernos. Ahora, los niños y niñas aprenden pronto la nueva versión: ¡Mamá, quiero ser famoso!. Porque oigan, ya no son sinónimos.

El término famoso deriva de fama y fama es sinónimo de reconocimiento. Y a pesar de que el reconocimiento puede aplicarse a cualquier faceta profesional, lo emparejamos en muchas ocasiones con la artística. Pintores, escultores y políticos de otros tiempos dejaron paso a cantantes, actores, presentadores y directores. Pero éstos ya se han visto desplazados por una nueva especie: los famosos sin más. Sin oficio ni beneficio. Simplemente, famosos. Conocidos a escala nacional por sus tributos sexuales, por sus artes amatorias o, en el mejor de los casos, por ser los secretarios personales del ex marido de aquella que una vez tuvo un apasionado romance de tres días con el hijo de un torero. Ahí es nada.

Un aval con todas las de la ley para pasearse por los platós y las redacciones lanzando improperios a diestro y siniestro y acusando de cualquier cosa, cuanto más bárbara mejor, a todo aquel que se cruce en su camino con tal de que su cuenta corriente siga engordando a pasos agigantados.

Mientras, el común de los mortales seguimos trabajando diariamente y dando de comer, con nuestro dinero o nuestro tiempo, a la nueva hornada de famosos, famosillos y famosetes que, autóctonos o procedentes de cualquier rincón del mundo, es conocedora de las oportunidades ?laborales? que ofrece este país.

Por si no tuviéramos suficiente con las aventuras que maquinan para lograr su minuto de gloria, la televisión - pública y privada - les ofrece todo tipo de facilidades creando programas cuyo único fin es servir de plataforma para catapultarlos al asombroso mundo de los tertulianos donde ellos mismos pueden criticar a sus anchas a sus compañeros de batallas. Y, para rizar más el rizo, ahora la nueva moda es que una vez convertidos en famosos de tres al cuarto, se encierren para exhibir las pocas vergüenzas que todavía mantienen ocultas. Todo vale con tal de seguir en el candelero.

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