No puedo más

María Iglesias

Con el cha-ca-cha del tren... Así recuerdo mis viajes en la infancia, una aventura emocionante..., viajar en tren. Esos viajes los hemos cambiado por la comodidad del coche propio o la mayor rapidez del autobús frente al tren. El Canfranero ha estado en la vida de muchos, y en los viajes de otros tantos, y ahora ha quedado reducido a un servicio mínimo en el que viajan ?4 y el de la guitarra? y eso contando al maquinista.

Recuerdo cuando el Canfranero podía llegar a llevar miles de vagones, o eso le parecía a esa pequeña niña que miraba atónita desde la ventana a ese maravilloso tren. Como si de un ritual se tratara salía corriendo a la ventana de la mano de su abuelo en cuanto se oía el pitido del tren, visitaba la estación cada vez que podía para conseguir que aquella peseta de las de antes se volviera plana, un tesoro que guardaba en su cajita como si de oro se tratase.

Pero mírenlo ahora, el Canfranero está triste y medio descolorido por el sol. Él también quiere que lo cuiden, al igual que cuidan el paso del Somport o las carreteras al Pirineo. Se siente viejo y cansado, porque su alma ha ido envejeciendo al ver perder a los viajeros poco a poco, y por eso ha protestado.

Primero se paró, una huelga se llamaría si lo hicieran los trabajadores, luego pasó miedo con esas vías que ya no le ofrecían seguridad, y ahora se siente inútil, nadie confía ya en él para viajar. No sabe si verá abierta su querida estación internacional del Canfranc, no sabe si volverá a arrastrar ?miles? de vagones, pero si que sabe que estará en la memoria de muchos, aunque sea como recuerdo, sabe que ha estado presente en los pensamientos de todos aquellos viajeros que ha llevado y que al ver su descarrilamiento han visto como la ilusión y alegría de sus pitidos ha ido perdiendo fuerza.

El Canfranero se siente feliz porque ha vuelto a ser protagonista, aunque para ello no ha tenido una gran inauguración, ni un proyecto millonario, simplemente se ha rendido y ha dicho ?No puedo más?.

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