El primero siempre es el tambor

Cristina Pérez

Una lágrima , sin avisar, se le ha escapado. Una lágrima que nacía en la nieve del alma para ir a parar a la torrentera de sus emociones, hasta que sin poder sujetarla en ningún embalse, se le escapó por el hueco de lo inesperado. Y eso que Miguel es de los que se educaron con aquél soniquete de ?los chicos no lloran?. Y Miguel no llora, diría que ha desarrollado una insana técnica de pasear sus emociones por la garganta y , antes de aparecer en los ojos, tragárselas. Pero, esta vez, hasta él mismo se sorprendió al notarse el corazón relajado y la cara empapada.

Miguel venía esta mañana de un sueño, seguramente un sueño alimentado con las brumas de los informativos nocturnos con los que se duerme. Miguel caminaba por un campo sembrado de cuerpos inertes, no había más vida en aquél campo gris que las hierbas que tapaban las heridas, todos eran niños, todo el campo era un futuro arrasado.

Luego, en la mañana, los tambores de los niños , los niños vivos reales, que ensayan para la Semana Santa, lo hacían regresar a su pesadilla y a otros tambores, los que anunciaban la guerra. Y Miguel se despierta llorando con niños muertos en las retinas del subconsciente y niños vivos anunciando otra pasión muy diferente.

En las películas de su infancia, el primero en caer en la batalla, siempre era el más valiente y el que encabezaba la primera línea: el tambor. Y siempre era un chaval con mucho arrojo que tocaba como hipnotizado, anunciado al enemigo su llegada y marcando el paso a la retaguardia. En sus películas de infancia, siempre era el niño el primero en ofrecer su vida . Entonces todos salían del cine soñando en ser el tamborilero que llevara a los hombres a la victoria..y a el a la muerte. Ahora es igual.

En la realidad, cuando apenas suenan los ecos de los tambores de guerra, siempre son los niños los primeros en caer. No son los más valientes, ni tan siquiera han elegido estar ahí, no tienen nada de héroes. Tiene la desgracia de haber caído en un presente que no quiere saber nada del futuro.

Los más jóvenes sí saben llorar, no importa el sexo y son los que cada día vuelven a recordarnos el NO a la guerra. Porque aunque ya no hay tambores que encabecen las batallas, siguen siendo los niños los primeros en morir.

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