Adiós, cigüeña, adiós

Nuria Garcés

Se pierde el encanto de todo. Hace ya mucho, muchísimo tiempo que los niños no vienen de París, colgando del pico de esbeltas cigüeñas. Tampoco vemos a las cigüeñas por San Blas, porque ya no se van en todo el año. Llegado, pues, febrero, ya no las buscamos por los cielos oscenses o en las torres de la catedral, que ocupan de continuo. O que ocupaban.

Hoy, sin embargo, una noticia nos hace pensar en estas aves. Una grúa se ha encargado de eliminar sus nidos de la catedral de Huesca. Nueve nidos, nada menos. De otras tantas parejas de cigüeñas, que se quedan sin casa. Estamos en época de expropiaciones.

En este caso, bien es cierto, que el desalojo se produce en aras de conservar las torres y los pináculos de la seo oscense, que están sufriendo un gran deterioro por la presencia de estas aves, sus excrementos y, sobre todo, el peso de sus nidos que puede alcanzar varios cientos de kilos. Ya gusta menos el pensar que, con estos fríos, las cigüeñas van a tener que empezar a buscarse dónde dormir, porque por quitar, les quitan hasta las plataformas metálicas que se dispusieron en la torre hace un par de años. Y eso, en época de empezar a poner huevos. Además, se instala un sistema disuasorio que, aunque inocuo, dicen, les provocará pequeñas descargas eléctricas cuando quieran volver a posarse en lo que antes era su ?hogar?. Me imagino yo, a la llave dándome pequeños garrampazos cada vez que quisiera abrir la puerta de casa, y no me gusta mucho la medida, qué quieren que les diga.

Es verdad que el número de cigüeñas se había vuelto excesivo en los últimos tiempos, porque de una sempiterna pareja hace unos cuantos años en su único nido, habíamos pasado a tener una en cada pináculo. El que desaparezcan absolutamente todas deja, no obstante, un poso de nostalgia. El título de la película de Manuel Summers, ?Adiós, cigüeña, adiós?, es hoy más cierto que nunca.

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