Cartas al Director: contra la violencia sexista

El lunes pasado se celebró el Día Internacional contra la Violencia de Género. Un día en que nos obligamos a reflexionar sobre esta forma de violencia específica que sufren las mujeres por el hecho de ser mujeres, con el fin de recordar a las víctimas, mostrar nuestra solidaridad con ellas y exigir tanto el aumento de los recursos sociales que deberían estar evitando el lado más trágico de esta violencia, que son los asesinatos, como seguir denunciando la aún claramente insuficiente profundización en las causas estructurales y culturales que originan esta persistente lacra social y humana.

Si bien es cierto que la violencia sexista o violencia de género, es decir, la violencia ejercida por hombres contra mujeres ha sido una constante histórica en la vida cotidiana de muchas mujeres, en nuestra cultura se han producido importantes avances en la lucha contra la misma. En primer lugar, habría que recordar que en los últimos veinte años, el esfuerzo y el tesón de cientos de organizaciones de mujeres han impulsado la Reforma del Código Penal de 1989 en la que empezaba a hacerse visible la violencia sexista como delito y se iniciaban las tipificaciones de los ahora llamados ?delitos contra la libertad sexual?, penalizando por primera vez la violación anal o bucal, la violación dentro del matrimonio; impidiendo el perdón como posibilidad de hacer desaparecer la culpabilidad y considerando estos delitos como delitos públicos.

El Código Penal aprobado en 1995 recogía ?formalmente? la mayor parte de las reivindicaciones feministas del momento.

Pero al mismo tiempo que las mujeres tenían por fin una posibilidad de denunciar públicamente la violencia que se ejercía contra ellas, este Código Penal se mostraba inservible tanto para la prevención de los delitos como para atender a las víctimas de los mismos. Su utilidad parece restringirse a la función sancionadora del delito.

Y así, muchas mujeres han visto como tras denunciar el maltrato, una violación o el acoso sexual en el trabajo, su integridad moral y personal han sido a veces puestas en cuestión ; o cómo los medios de comunicación más sensacionalistas y morbosos han aireado su vida privada sin reparar lo más mínimo en el sufrimiento añadido de las víctimas ante este avasallamiento; o cómo el sistema jurídico no contempla tan apenas la reparación material y moral en los daños producidos: los recursos sociales que se han ido arrancando al Estado con ?sudor y lágrimas?, han caído como cuenta gotas sobre las enormes necesidades que tienen estas mujeres.

Hay que pensar que detrás de esos 2 millones de mujeres que sufren la violencia doméstica, según los últimos cálculos del Instituto de la Mujer, hay muchas mujeres con hijos mejores a su cargo, sin recursos económicos, sin empleo, con una familia rota, con unas secuelas psicológicas profundas y con una autoestima destrozada por la violencia.

Cuando algunas de estas mujeres se deciden a denunciar a sus maridos o compañeros, están iniciando un camino de liberación en el que la sociedad no puede dejarlas de lado y mirar hacia otro sitio. Requieren atención inmediata y que se pongan todos los medios para que sus vidas se rehagan cuanto antes. Es urgente y entendemos que un deber moral y social que se establezcan medidas cautelares y de prevención mucho más eficaces que las actualmente existentes. Si no, seguirán produciéndose asesinatos y crímenes que podrían haberse evitado. No podemos seguir aceptando que no se tomen todas las medidas de protección a la víctima que ha sido amenazada por su marido o compañero y que es considerada como de alto riesgo. Facilitar domicilios alternativos, limitar la libertad del agresor que amenaza, aumentar la asistencia jurídica y psicológica inmediatas, así como el acompañamiento de la víctima hasta que desaparezca el riesgo de ser asesinada, son recursos que no se deben escatimar en una sociedad que se pavonea de defender la vida humana.

Finalmente, si todo lo anterior no es acompañado de una reflexión profunda acerca de las relaciones de poder que sigue trasmitiendo en gran medida nuestro modelo cultural, por las cuales siguen muchos hombres adoptando el modelo patriarcal de superioridad y dominación sobre las mujeres y que cristalizan dramáticamente en la familia tradicional, muchos de ellos ejercerán la violencia contra las mujeres como consecuencia de ese rol.

Por ello, es imprescindible que esos modelos desaparezcan y que se erradiquen en todas sus expresiones. La falta de reconocimiento de las mujeres, la reclusión en la vida privada y familiar, la escasa representación en la vida política o el relegamiento a los trabajos peor remunerados, la explotación sexual, la degradación de la imagen femenina en la publicidad, el silencio de sus aportaciones en el mundo de la ?cultura?, el trabajo silenciado de cuidadoras y enfermeras, la carencia de voces femeninas cuya autoridad sea reconocida por mujeres y hombres? son otras formas de expresar lo mismo que expresa la violencia sexista: una sociedad desigual de hombres y mujeres que deben inventar nuevas formas de relación donde el poder esté repartido a partes iguales y donde las mujeres aprendamos también unas nuevas maneras de vernos y de actuar, donde la sumisión y la impotencia ante la violencia sean imposibles.

Mientras siga habiendo mujeres asesinadas, maltratadas, mutiladas, agredidas o infravaloradas seguirá teniendo sentido el día internacional contra la violencia de género.

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