Cartas al director: Guardia Civil

Soy la esposa de un Guardia Civil cuyo nombre no importa, pero yo me llamo Mª Carmen Alonso Rivas y llevo 27 años siendo la esposa de un Guardia Civil.

Para mi la Guardia Civil era lo más grande y hermoso y la llevaba en un pedestal, pero todo esto se me vino abajo cuando el día 9 de Octubre de 2.001, detuvieron a mi marido y se me negó verle y estar junto a é1, mientras permaneció detenido en las dependencias del Cuartel en el que vivo desde hace ya 15 años.

Tras la detención de mi marido se presentó en mi casa el Cabo José González Gil para decirme, por orden del Teniente Juan José Iglesias Tena, Comandante del Puesto del Cuartel de la Guardia Civil de Sábiñánigo, que no podía salir de mi propia casa y que si bajaba a ver a mi marido, le besaba, le abrazaba o hacía alguna cosa, se me detendría a mí también o se me expulsaría del Cuartel.

Ante todo esto, sorprendente para mí, cuando menos, yo pregunto: ¿ es que yo como esposa del citado Guardia Civil, no puedo estar con él y ni siquiera verle? ¿Por qué y con qué motivo se me negó todo eso? La verdad es que yo no entiendo de leyes pero me consta que la Constitución Española dice que todo ciudadano tiene derecho a estar con el detenido, sea cual sea su profesión. Y ahí estoy yo, que tras saber esto, sigo sin entender por qué se me negó tal derecho. El citado Cabo me dijo que recibía órdenes del Teniente anteriormente nombrado, pero todo ello me lo comunicó siempre con un tono un tanto irrespetuoso y, sin duda, fuera de lugar.

A mi marido se le detuvo a las 15:30 de la tarde del 9 de octubre del año 2.001 y no pude volver a verle hasta el día siguiente, a las 9:30 de la mañana.

El día de la detención, a las 23 horas, uno de los cuatro Guardias Civiles encargados de custodiar a mi marido subió a casa para decirme que podía bajarle la cena. En cuanto la tuve preparada se la bajé, pero al llegar al lugar donde estaba, solamente pude dejársela en una mesa que había en el cuarto, como si fuera un "perro", pues no se me permitió nada más que dejarle la bandeja estrictamente.

Cuando después de comunicarme de nuevo que podía bajar a recoger la bandeja de la cena, bajé a por ella. Llevé conmigo un teléfono móvil para dárselo a mi marido y así poder hablar con uno de mis tres hijos que, por motivos de trabajo, ya no vive en casa. En ese instante el Capitán José Manuel Fernández Otero salió de una oficina cercana y, dirigiéndose hacia mí de forma enérgica me dijo "¿Qué hace usted aquí? ¡Haga el favor de marcharse; el detenido no tiene derecho a nada y menos a un teléfono." ¿Qué harían ustedes en ese momento? ¿Cómo reaccionarían? Yo, ante esas afirmaciones casi intimidada, no me quedó más remedio que callar y hacer caso al Capitán, pues pensé que en ese momento lo mejor era seguir la corriente y no hacer nada que pudiera empeorar la situación de mi marido.

Tras eso surgió en mí el sentimiento de ser la mujer más desgraciada del mundo, pues ante tanta impotencia y amarga resignación, no tuve a nadie que me dijera nada o me ayudara para intentar enmendar tal incomprendida situación.

A la mañana siguiente, cuando se disponían a llevar a mi marido en un coche celular, solicitó una manta al Teniente para poder sentarse y éste se la negó diciendo: ?para ti no hay nada". Ante esta negativa mi marido volvió a hacer la petición de la manta, esta vez al Capitán que ordenó al personal presente que le facilitan una mata a mi marido. Yo ante tal situación, dominada por la impotencia y viendo todo esto desde mi terraza opté por tirarle una manta de mi casa.

No sé si los lectores juzgarán como correcta mi actuación, pero desde luego fue la lógica al verme espectadora impotente de tal situación.

En un tiempo atrás, en las escaleras de uno de los bloque de viviendas del acuartelamiento se rompió un cristal de una de las ventanas, debido al aire que hacía ese día. La culpa de la rotura para el teniente no fue del aire sino que fue descuido mío. Eso fue lo que informó en su día el Teniente. Pero bueno ¿quién es este señor para hacer esas afirmaciones? ¿Es que no habrá cosas más importantes que hacer, como preocuparse del trato de mi marido como Guardia Civil detenido y echarme a mí la culpa de un cristal roto?

En fin; saquen ustedes sus propias conclusiones. Cuando pasan estas cosas los mandos no informan, o desconocen los derechos que tiene las mujeres de los guardias, o los mismos guardias, al resto de3 los ciudadanos y, en algunos casos, resultamos maltratadas. ¿De qué medios disponemos para defendernos de estas injusticias? Lo que primeramente tenemos más a mano es el "Libro de Atención al Ciudadano? mediante el cual podemos hacer cualquier reclamación, queja o iniciativa, pero ¿hasta donde llega esa queja o reclamación, si la situación vivida por mí y por mi marido se repite una y otra vez en los cuarteles de toda España? La verdad, no lo sé.

Hoy por hoy, mis labios y de los de otras mujeres que viven o han vívido situaciones parecidas, están sellados, pues estas malas experiencias están todas rodeadas de un gran hermetismo de cara a la vida fuera de la Guardia Civil. Esperemos que poco a poco sepan los ciudadanos qué pasa a veces en esta honorable Institución y se pueda evitar que ocurran casos como el mío.

Casos como el mío se que habrá más y que las esposas de esos guardia civiles callan por temor a represalias contra sus maridos. Con mi denuncia sirva de referencia para otras mujeres. A mi poder llegó esta forma de denunciar, gracias a la Plataforma de Mujeres de la Guarda Civil a la que pertenezco desde hace algún tiempo, gracias a estos organismos tenemos algo que nos abre los ojos para las que sufren situaciones parecidas.

Sin más, agradeciendo esta oportunidad, y en .espera de una contestación, pido dignidad y respeta del derecho de un Guardia y su mujer humillados y ultrajados por tres mandos de la Guardia Civil.

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