La memoria de los hombres

Cristina Pérez

Los monasterios albergaban los manuscritos donde pacientes monjes dedicaban toda una vida a escribir con buena letra, poca luz, y un tratamiento muy cuidadoso del material de escritura, la historia del mundo. La filosofía, la religiosidad, la poesía, la prosa, la economía, la política...todo quedaba plasmado a primera vista o entre líneas en sus incunables páginas que se guardaban en estanterías probablemente de maderas nobles y que se iban consultando con un ritual metódico.

La Biblioteca Nacional nos enseña el mundo de la escritura reflejada en todo tipo de soporte hasta las tecnologías de hoy en día. La conclusión es obvia: desde el comienzo de los tiempos el hombre ha tenido la necesidad, no ya solo de expresarse, sino de guardar.

Por eso las bibliotecas se convierten en la memoria de los pueblos. Además de los monumentos, de las piedras, de los signos evidentes que deja la historia, no podemos olvidarnos de los libros. De la herencia de la memoria humana plasmada en papel.

Hoy las Bibliotecas están llenas de luz, de archivos que nos acercan de forma rápida a nuestras metas, de ludotecas, hemerotecas, videoteca, fonoteca y ?ayer me enteré- de bebetecas. Es decir un mundo por descubrir. Pero todavía hay quienes disfrutan del paseo entre pasillos. De ese gesto de soplar cuidadosamente sobre el lomo de un libro viejo con temor de que, al soplar, se vuelen las letras; el gesto de recorrer con la mirada una estantería, hojear el contenido y descubrir que tu nombre y tu número de socio continua en la tarjeta de este mismo libro que hace diez años te llevaste a casa.

Las bibliotecas deberían de estar consideradas como Patrimonio de la Humanidad -si no lo están ya- todas, las grandes y las de esos pueblos pequeñitos donde una bibliotecaria se empeña en mantener viva la llama de nuestra propia memoria. Gracias.

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