Oración a San Lorenzo por Fernando Alvira Banzo

Puede parecer que estamos aquí de nuevo, en este espacio alborotado por nosotros mismos, para cumplir solo con la costumbre. Pero no es así, amigo y vecino Lorenzo: cuando cae la tarde y cede el bullicio de la fiestas, nos acercamos a tu basílica que aparece estos días encorsetada de andamios y creciente en su torre, para deñositar ante tu busto relicario los frutos del trabajo y las flores de nuestra devoción que crece también cada aña.

Venimos a depositar ante tu peana el trabajo de doce meses, como siempre, han mezclado a lo lagro de sus días tiempos secos, han mezclado a lo largo de sus días tiempos secos y difíciles con otros de lluvia talentosa y prudente. Noches de serenidad con atardeceres de borrasca y pedriscos. Alboradas de colores exultantes con frías tardes grises y anodinas. Como ocurre en las vidas de tus vecinos que ofrecemos una vez más, mezcladas de fracasos y de éxitos, de tristezas y alegrías. Diferentes a las que trajimos el pasado año y otras, sin duda, si miramos al futuro.

He buscado en estampas antiguas, esas que imprimieron con tinta sepia desde una de las pinturas de un devoto hijo tuyo llamado Martín Coronas. Me ha parecido atrevido inventar oraciones particulares en los tiempos que corren, tan necesitados de soluciones generales, para problemas más importantes que cualquiera de nuestras pequeñas necesidades. La antigua estampa, en la primera de sus cuatro caras. Representa como corresponde tu imagen, y para llegar a la oración a San Lorenzo, la de siempre, contiene en sus dos páginas interiores todo un recorrido de actividades a realizar sus devotos. Es de bien nacidos depositar, en la mesa petitoria de favores, justificaciones que los hagan merecidos y es notable la oferta de posibles esfuerzos para los que se acercan a tu altar en la estampa que usaban los abuelos.

Contienen también en el interior la descripción de su martirio en diez tormentos que probablemente, movieran las entrañas de nuestros antepasados. Pero es no menos probable que dejaran casi indiferentes a quienes asistimos a los tormentos serios de los hombres en cualquier lugar del mundo como parte de nuestra información cotidiana.

Finalmente en la última plana, tu oración, la de siempre, que una vez te decimos los oscenses: ?Glorísimo San Lorenzo, hijo de Huesca. Arcediano de Roma y Mártir de Jesucristo: vedme aquí postrado en eugusta presencia, sinceramente arrepentido de todas mis culpas, firmemente confiado en tu gran patrocinio; dígnate a infundir en mi corazón aquella ferviente caridad que devoró al tuyo: caridad para con Dios, ya que su amor más que el mismo fuego te derritió sobre la parrilla; caridad para con la Iglesias, ya que por tu fidelidad al Papa fuiste al martirio: caridad para con los prójimos, ya que a los pobres dedicaste tus últimos y más amorosos desvelos. Haz que por tus célebres tormentos venza yo a mis pasiones; que por tus portentosas virtudes abunde yo en las propias de mi condición y estado, inunda de tu preciosíma bendición a España, donde se mereció tu cuna y a Roma, campo principal de tu apostolado, y al orbe entero que aún resplandece con la gloria de tu inmortal martirio; que todos cuantos te hayamos querido e imitado acá en la tierra te abracemos y bendigamos para siempre en el cielo. Así sea?.

Vecino y amigo Lorenzo, añadiremos a la antigua plegaria una súplica pequeña e inmediata a favor de los que nos han dejado durante los últimos tiempos y, como oscenses te querían. Y te pedimos que no te pares en Huesca, ni en Aragón. Presta especial atención a la última frase de tu antigua oración y échale una mano al orbe tan necesitado de soluciones en estos tiempos fuertes. A ahora sí, Amén.

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