Con el adsl pegado a los talones

Cristina Pérez

?Que se pare el mundo que yo me bajo? . Esa era una de las pintadas favoritas de algunas gentes en aquellos años en los que, ellos, estaban seguros de que el mundo, con mucho empeño por su parte, podría pararse. A pesar de la rotación y muy a pesar de la traslación, siempre había alguien dispuesto a ponerle el freno de mano y pasarse al otro lado. Ese lado donde habitaban gentes que vivían al margen de las leyes del hombre, que pusieron de moda aquello de ?trabajar para vivir y no vivir para trabajar?. Era una forma de vida en la que el mejor rato era cuando se sacaban las sillas a la calle después de la siesta, con la única ambición de vivir y dejar vivir. Todo iba bien. Hasta que alguien, desde el otro lado, dio un acelerón al mundo y se empeñó en hacerles ver que corría prisa todo y que había que escribir el futuro. Qué tontería.

Al final la presión no les dejaba vivir, les señalaban con el dedo y los catalogaron como marginales. La mayoria sucumbió, algunos se agarraron a las letras de sus canciones y una minoria invisible aguantó.

Hoy , cuarenta años después, la moda resulta que nos acerca a las flores, cintas en el pelo, pantalones anchos y las blusas de tela arrugada: los hippies. Y hay chavales que te saludan con el signo de la victoria e incluso se apuntan a una ONG convencidos de que la solidaridad es una forma de reivindicar. ¡Ojala alguien de ellos se atreva a gritar aquello de que se pare el mundo!. Eso será lo mismo que confirmar que abandonan las videoconsolas, los móviles, los ?chats? y las conversaciones sin palabras y que están dispuestos a entablar conversaciones mirando a los ojos de sus semejantes.

Porque a algunos nos pone los pelos de punta pensar en ese futuro en el que todo pasa por cables y satélites. Demasiado rápido vivir con el adsl pegado a los talones. Un poco más despacio por favor. Que esto dura cuatro ratos.

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