Cartas al Director: Bronceados de verano

Javier Palacio

Hay gente muy extraña que siente la necesidad obsesiva de cambiar el color de su piel para oscurecerla, de modo que acuden a las playas de verano para recocerse en su propio sudor o se someten a tratamientos de índole masoquista en sandwicheras o cabinas carcelarias de rayos uva. El caso es adquirir ese bronceado que antaño era considerado cosa de palurdos campestres expuestos al trabajo de sol a sol y hoy resulta que es prueba de distinción social o certificado de vacaciones cumplidas.

Los comportamientos humanos son a menudo incomprensibles. Que se lo digan a Julio Iglesias, momia cantante cuyo rostro de cartón logrado a base de largas exposiciones al astro rey o sucedáneos del mismo le han convertido en el icono mundial del bronceado permanente, mientras Michael Jackson se ocupa de la estupidez contraria.

Alguien escribió alguna vez, y siento estropear el desayuno a los racistas, que ese empeño compulsivo en estar moreno indica la envidia inconsciente que los blancos sienten por los negros. No es mala teoría.

Ayuda a tratar de entender cómo es posible que, a pesar de las salmodias médicas que previenen contra los males derivados de la exposición excesiva a los rayos solares, tanta gente insista en cambiar de tonalidad epidérmica con tanta tenacidad, hasta el punto de no vigilar con suficiente cuidado la calidad del tratamiento que padece en solárium y mazmorras parecidas. Digo yo que entre las anoréxicas doncellas del XIX que profesaban la lividez total a base de la dieta del vinagre y los pinchos morunos con apariencia humana de hoy habrá un sensato término medio.

Lo que sería exigible es que las autoridades, tan preocupadas por lo mucho que fuma, bebe y se droga la peña, se interesaran también por el control de las instalaciones destinadas a transformar a un ser humano en un solomillo muy hecho. Me refiero a un control de la calidad de tales instalaciones, al > cumplimiento de las escasas normas que hay sobre el asunto y a la vigilancia detallada. Luego, cada cual es dueño de hacer con su melanina lo que le dé la gana. Pensándolo con cierta codicia, al fin y al cabo a Julio Iglesias no le va tan mal, y quizá algo tenga que ver la influencia de los rayos de marras.

Javier Palacio

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