Cartas al Director: Acelerar

Javier Palacio

Supongo que habrá estudios psicológicos al respecto, pero parece claro a simple vista que para mucha gente poner un pie en el acelerador de un vehículo a motor implica de inmediato un subidón de adrenalina que obliga a quien en tal trance se encuentra a volverse loco. Entonces la aguja del velocímetro se dispara, el conductor se cree en una carrera de Fórmula 1 y se olvida de los peligros que le acechan a él y a los demás hasta que en el peor de los casos la aventura termina en desgracia, el coche o la moto en chatarra humeante y los implicados humanos en el hospital o en la morgue.

Se diría que de ahí sacó Bruce Springsteen, en cuyas canciones es casi imposible no encontrar una alusión al automóvil, el título de uno de sus temas míticos; nacido para correr. Y es curioso, porque cada vez que las hipócritas autoridades, valga la redundancia, proclaman normas y leyes contra el exceso de velocidad, colocan radares y medidores y amenazan con multas depredadoras, los fabricantes de automóviles anuncian una nueva marca de coche capaz de circular a velocidad de crucero saltándose todos los límites establecidos. Es lo que Eduardo Galeano llama «la impunidad del sagrado motor». A usted pueden prohibirle fumar, asustarle sobre los riesgos del sexo sin precauciones, disuadirle de beber en demasía, aconsejarle dietas de convento pobre o prevenirle de los peligros que conlleva no lavarse bien la dentadura, pero en lo que al coche se refiere las medidas contra su uso indebido suelen ser faenas de aliño para pasar el expediente.

Permítanme por lo tanto mostrar mi escepticismo respecto a radares, multas, anuncios televisivos de contenido macabro y demás maniobras de distracción. Al conductor irresponsable, y basta andar por ahí para comprobar que su número es más que inquietante, esas medidas se la sudan, si me dejan abusar del tono coloquial. Luchemos contra la nicotina, contra el éxtasis empastillado, contra el abuso de las grasas y los hidratos de carbono, pero que no se nos ocurra combatir las prerrogativas del sagrado motor. Es un dios, y por lo tanto impune.

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