Cartas al director: Los perros

Javier Palacio

Siempre he creído que el autor del proverbio que asegura que el perro es el mejor amigo del hombre era un sujeto con arduas dificultades para conseguir amigos humanos y también he pensado siempre que la glorificación de los animales en detrimento de los bípedos más o menos pensantes tiene escaso sentido. Eso no impide que me repugne cualquier clase de tortura cometida contra animales, y lo digo curándome en salud porque entre los fundamentalistas del animalismo suele cundir la tentación de acusar de variadas perversiones morales a los que no confunden la naturaleza con una película de Disney.

De un tiempo a esta parte han saltado a los medios de comunicación suficientes noticias acerca del comportamiento agresivo, con consecuencias a menudo terribles, de ciertas razas de perros como para no establecer normas que impidan tanta desgracia. Los expertos parecen coincidir en que la principal responsabilidad la tienen sus amos, y atendiendo a ese diagnóstico probablemente razonable ningún reparo puede ponerse a la reglamentación en marcha: registro de los animales potencialmente peligrosos, vigilancia de la solvencia psicológica y física de sus dueños, fuertes multas en caso de incumplimiento de las normas y otras medidas disuasorias.

Cuando todo ese paquete legal funcione, si es que funciona, se producirá una oleada de abandono de perros peligrosos por parte de sus amos queridísimos. Tal fenómeno, como el que puede comprobarse cada vez que llega el verano, contribuirá a relativizar la leyenda de lo mucho que los propietarios quieren a sus mascotas. Quizá si algún bendito día los amantes de los perros, como escribió en memorable texto García Márquez, asumen que hay también ciudadanos que se sienten atemorizados o simplemente molestos en las cercanías de un can, todo se reducirá a un mero problema de respeto entre vecinos y el mejor amigo del hombre sea quien debe ser, el hombre.

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