Cartas al director: Violencia de género

Javier Palacio

Una mujer muere en España cada cinco días a manos de su marido, compañero o amante, y me gustaría que retuvieran el terrible dato porque no se trata de una estadística trivial como tantas otras con las que se nos abruma. El maltrato a las mujeres se ha convertido en un problema social mucho más grave de lo que podía creerse y en su resolución han de implicarse los poderes públicos antes de que sea tarde y acabe en epidemia.

Una combinación a menudo letal de machismo intravenoso, celos, alcohol, prepotencia, falta de autocontrol, tendencias heredadas y perplejidad ante el papel que ha de representar el varón de la tribu en estos tiempos de revalorización del rol de la mujer está dando como resultado un verdadero holocausto cotidiano.

Hay que valorar como se merecen los intentos de rehabilitación de maltratadores, y por lo que se conoce parece que las terapias no funcionan mal, pero la extrema gravedad de lo que ocurre exige esfuerzos más intensos. Se trataría de combatir, para empezar, todo un catálogo de prejuicios ancestrales que han hecho del varón el amo del tinglado, el rey de la selva, el bobo con el cetro de mando. Desprovisto de sus poderes respecto a la mujer, desconcertado, incapaz de asumir que ellas se van apoderando de los espacios que se les han hurtado siempre, el varoncito se encrespa y reacciona como el más bestia de sus ancestros bestiales. Y llega a matar.

Ojalá esas terapias que pretenden recuperar al maltratador tengan cada vez más eficacia. Pero dejar a un lado el estudio minucioso de los condicionantes culturales, sociales y de otro tipo que llevan al hombre a cometer atrocidades espeluznantes contra la mujer significaría pretender curar un cáncer con apósitos y vendas. Mañana o pasado leerán ustedes en el diario o escucharán en la radio y en la televisión uno o varios casos más de maltrato de mujeres a cargo de sus maridos o compañeros. Después de estremecerse procuren pensar cómo y por qué se está llegando a semejante hecatombe, al parecer incontrolable.

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