Cartas al Director: Obras

Javier Palacio

Puede resultar asombroso, pero para llevar a cabo algunas obras públicas de considerable importancia, y por muy urgente que sea, es necesario enfrentarse a tantos vericuetos de índole económica, burocrática, política y a veces hasta anímica (a un poeta modernista le hubiera encantado este alarde de esdrújulas) que para cuando tal obra se construye por fin sólo cabe debérselo a un milagro. Que si no hay dinero, que si puede haberlo dependiendo de cuántas instituciones se impliquen en sufragar los gastos, que si la correlación de fuerzas políticas y los posibles rendimientos electorales cuentan como factores decisivos a la hora de poner en pie o no la magna obra, el caso es que no es de extrañar que haya proyectos cuya resolución se demore por los siglos de los siglos sin un amén que los bendiga.

Miren ustedes lo que sucede con la autopista o autovía Pamplona-Lérida: llevamos diez años de discusiones, búsquedas de consenso, florituras contables, tacañerías oficiales, rifirrafes partidistas y otros jolgorios y aún está casi todo en el aire. No es un fenómeno ocasional, ni mucho menos. En este país todo lo poco importante se resuelve en un santiamén, en general en plan racial chapuza, mientras que lo que de verdad importa tarda una eternidad en tener un buen acabado por la sencilla razón de que no ha tenido un comienzo. Somos así y sería imprescindible algo similar a una revolución cromosómica para que dejáramos de serlo.

No tomen al pie de la letra el tono decaído del párrafo anterior. En realidad lo de la autopista o autovía Pamplona-Lérida, lo del asunto del peaje blando o el peaje duro, lo de quién paga este tramo y quién ?apoquina? el restante no son asuntos capaces de quitarnos el sueño tal como va el mundo. Quizá dentro de otros veinte años, que según el poeta no son nada, veremos el trazado completo y a pleno rendimiento. Y será cuando los barandas que manejan el tinglado consigan la gran proeza de tener de una santa vez las ideas claras.

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