Cartas al Director: la Cosa Nostra

Oscar Sipán Sanz

La Cosa Nostra existe. Y tiene abierta una delegación en Huesca, lo juro. Yo sólo quería comprarme un coche de segunda mano ?mi primer coche-, lo más económico posible y que funcionase. No pedía la luna. Acababa de sacarme el carnet de conducir (en ese caos circulatorio de glorietas inversas, repartidores bloqueando el tráfico, semáforos a destiempo, calles angostas y vehículos en doble fila que es nuestra pequeña capital de provincia) y ansiaba la libertad e independencia del volante, sentir el asfalto bajo mis pies, llevar a mi novia al río. Y entonces descubrí ?un domingo ojeando el periódico- aquel anuncio de la Tesorería General de la Seguridad Social: en una fecha no muy lejana, subastaban, entre otras muchas cosas embargadas, un Ford Fiesta del año 96 por ciento veinticinco mil pesetas. Que una persona joven y con escasos recursos económicos se aprovechase de la desgracia ajena no me pareció un pecado de primer orden.

Me presenté en la Tesorería y me invitaron a ver el vehículo en una nave industrial. No era un modelo antiguo y se encontraba en buen estado de conservación, por lo que decidí acudir a la subasta. Sentados en una gran mesa ovalada encontré un puñado de siniestros hombres con puros, trajes baratos pasados de moda, anillos de oro mustio y dinero en efectivo, mucho dinero; fajos de billetes arrugados, sujetos por una goma, capaces de comprar propiedades, conciencias y debilidades. Hablaban entre sí, en voz baja, prácticamente al oído, y no tardaron ni dos minutos en mandarme a uno de sus perros de presa. La alimaña -arquetipo de mafioso de toda la vida-, se ofreció a venderme el Ford Fiesta a la salida. ?No pujes. El coche nos lo comprarás a nosotros, acuérdate chaval?. Lo dijo en un tono neutro, sin mirarme a los ojos, acostumbrado a la intimidación (en las mismas narices de los funcionarios de la seguridad social que organizaban la velada) y regresó junto al resto de la jauría. De verdad que no me lo podía creer.

La compra de un modesto Ford Fiesta de segunda o tercera mano se estaba convirtiendo en una ardua negociación entre ?familias sicilianas?, sicarios de gesto frío, lugartenientes maleducados y correveidiles de tres al cuarto. Les juro sobre las tumbas de mi familia, que el espíritu de Lucky Luciano, Al Capone y Vito Genovese, sin el glamour de principios del siglo pasado, se encontraba allí.

Partiendo de la cantidad inicial de ciento veinticinco mil pesetas, pujábamos de siete mil en siete mil. Gritaban como animales, golpeando la mesa con el puño cerrado y amenazándome: ?¡No subas más, que no vale tanto. No subas más, que lo vamos a comprar nosotros!?. Embargado por una indignación que manaba en mi interior como una fuente en el deshielo, pujé por encima de mis posibilidades (no recuerdo si llegué a las trescientas mil), enardecido por sus gestos de dolor, su violencia contenida, sus insultos hacia mi persona y su disgusto empresarial: el coche lo comprarían, pero, sin duda, pagarían más por él.

Los funcionarios hacían la vista gorda, sin inmutarse, repasando los listados oficiales con el dedo índice y siguiendo el orden establecido, más preocupados por terminar a tiempo y bajarse al bar a echar un café y leer el periódico que de proteger a un ciudadano de aquellas bestias, bestias descorazonadas de mirada lúgubre que campaban a sus anchas por los pasillos, dejándome como a Gary Cooper: ?Solo ante el peligro?.

Pisos, fincas rústicas, garajes, aperos de labranza, naves industriales...compraron todo el lote. Su negocio giraba en torno a ese concepto: adquirir el ?paquete? subastado para luego revenderlo a un precio mayor. Ahora, algo más curtido en temas económicos, perdida la inocencia de la venta y la compra, sé que aquellas figuras nauseabundas tenían un nombre y unos apellidos y que su trabajo es de dominio público: los subasteros.

En las guerras, siempre hay alguien que se hace rico. En las desgracias cotidianas, también. Hay empleos desagradables (tiene que haberlos) pero dignos. Y luego están los trabajos que yo denomino ?rastreros?. A las sanguijuelas me gusta verlas en las ciénagas.

Una cosa es que los organismos oficiales busquen liquidez en las infracciones administrativas y económicas de los ciudadanos y otra muy distinta que llenen las arcas públicas de un dinero rápido y sucio, manchado de amenazas, prepotencia y desprecio hacia los demás.

?Hecha la ley, hecha la trampa?, reza el refrán popular y la ley de mercado. En estos tiempos de capitalismo salvaje, las triquiñuelas legales son legítimas. La sensibilidad, la ética y la moral no cotizan en bolsa. Tan sólo espero no despertarme mañana, tras la publicación de este artículo, con la cabeza de mi caballo preferido entre las sábanas. Y si desaparezco en extrañas circunstancias, por favor, acuérdense de mí.

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