Cartas al director: Plan General de Ordenación Urbana

Javier Palacio.

No sé por qué pero cada vez que la autoridad competente presenta un plan de apariencia magnífica para cuya exposición se requieren profundos documentos, gráficos imponentes, curvas exponenciales y vocabulario técnico de índole mareante, el ciudadano tiende a emitir un sonoro bostezo y a dedicarse de inmediato a sus asuntos.

Tan acostumbrado está a esa parafernalia que ha conseguido labrarse una especie de sistema inmunológico que le permite resistir los embates de la verborrea oficial con una mezcla muy saludable de escepticismo y paciencia. Al fin y al cabo está seguro de que las cosas van a hacerse o no hacerse le guste o no. Dejo para la opinión de cada cual lo que de bueno o de malo tiene tan arraigado comportamiento. Otro día hablamos de eso.

Disculpen este exordio, pero se me ha ocurrido tras una reflexión algo melancólica acerca del aluvión de iniciativas que nos abruman por tierra, mar y aire y de cuyo futuro tangible no podemos vaticinar gran cosa. Ahí tienen ustedes ese Plan General de Ordenación Urbana propuesto por nuestro Ayuntamiento oscense y que lleva arrastrándose por archivos y despachos desde el pasado y que pretende diseñar el futuro de la zona para los próximos años. Todavía no se ha aprobado nada, se han elaborado borradores que van camino de formar un palimpsesto muy ameno, se habla de macropolígonos, de arcos de innovación, de autopistas y trenes de alta velocidad. Espléndido.

Lo que pasa es que el ciudadano, después de atender al argumento de la novela, cierra el libro y a dormir hasta el próximo alarde de fanfarrias anunciando la reescritura del Plan, ejercicio de estilo que puede llevarnos otros cuatro años como poco. Es posible que allá por el tiempo en que a los batracios les crezca el pelo concluyan los planes y se pongan en marcha. Mientras, permanezcan atentos a la pantalla. O no.

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