Mientras atardece.

Esther Puisac

Conocí a Kiti un día que salí con mis hermanos a ver que podíamos conseguir por ahí. Éramos muy jóvenes, tan apenas se nos acababan de quitar de la cara los últimos rastros de la niñez y ya estábamos volando solos. En pleno paseo siempre pasábamos por una zona donde sabíamos que había algo que llevarse a la boca. Y cuando me iba a lanzar sobre un suculento bocado, ella se me adelantó y me lo quitó. Y aunque al principio me cabreé un montón, porque pensaba que era unos de mis hermanos, cuando ella me miró pícara, me di cuenta que todo había cambiado para siempre.

Estuvimos un rato hablando, bailando, y decidimos enseguida irnos juntos a vivir. Para qué tardar cuando tienes la certeza de que vas a estar con ella por siempre.

Y entonces surgió el problema, porque no sabíamos dónde buscar un piso. Cerca del trabajo, en un lugar bonito, y sobre todo protegido de ruidos, y también de ladrones, que lo de la seguridad en nuestros días está muy mal. Así, un día me dí cuenta que había un sitio libre en el barrio de la Catedral, y que allí íbamos a ser felices. Ya se sabe como son estas cosas, que desde que decides el piso hasta que definitivamente te instalas, tardas mucho tiempo, porque siempre te faltan cosas, si no es una cosa es otra.

Después de unos meses, teníamos nuestro ?nidito? como en la mejor de las revistas de decoración. Kiti y yo no tardamos en tener hijos. Un sacrificio y al mismo tiempo una satisfacción cuando los vas viendo crecer. Y una gran pena cuando los ves marchar de casa. Lo bueno es que Kiti siempre estaba a mi lado. Siempre los dos juntos frente a las lluvias, frente al sol y frente a las inclemencias. Siempre juntos. Y no dejamos que nadie nos molestara en nuestro rincón del mundo. Allí nadie nos molestaba ni a nosotros ni a nuestros hijos. De eso ya me ocupaba yo.

Un buen día, Kiti empezó a encontrarse mal, sacaba peor cara, casi no hablaba, y no tenía ganas de ir a trabajar. Con mucho cariño conseguí que fuera comiendo algo. Porque tampoco quería. Y como las desgracias nunca vienen solas, cuando empezaba a mejorarse, llegaron, un buen día unos tipos raros con unas máquinas extrañísimas y nos derribaron la casa. En cuestión de horas, no quedaba nada de lo que Kiti y yo habíamos conseguido con tanto esfuerzo en los últimos diez años.

Esa noche, mientras mirábamos el lugar donde estuvo nuestra casa, nos dimos cuenta que los tipos aquellos nos habían puesto allí cerca una prefabricada. Estaba justo pegada a otra igual, en la que vimos que vivía otra pareja. Decidimos probar, a ver si nos podíamos acostumbrar a esa nueva casa. Pero después de varios días en los que detectamos que los vecinos nos robaron mientra íbamos a trabajar, Kiti y yo pensamos que era mejor cambiar totalmente de lugar. Empezar una nueva etapa, lejos del barrio, en un sitio realmente tranquilo, donde encarar la parte final de nuestras vidas.

Y finalmente lo encontramos.

Ahora, me han dicho que la catedral se ha puesto imposible, que hay más de veinte cigüeñas cuando antes yo me cuidaba muy mucho de que sólo estuviéramos nosotros. Yo ya sabía que ése era un lugar privilegiado y nidificar allí, sólo se podría lo justo. Y que cuando hubiera mucha gente, habría medidas para evitar hacinamientos, para evitar muchas cosas de esas que los humanos se empeñan en evitar.

Y mientras atardece, yo sigo aquí, en este tejado abandonado. Aquí me quedaré con Kiti, hasta que ya no pueda comer ni medio gusano, hasta que ella deje de darme su calor.

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