Paseos por Huesca

Esther Puisac

Parece que todavía estoy sintiendo el olor y el calor. Algunos martes del verano, cuando era una cría, me llevaban al mercadillo, cuando todavía se realizaba en la plaza de los tocinos. Hacía un calor horroroso, y el sol derramaba todos los rayos que tenía sobre los toldos y sobre los montones de ropa del suelo, y sobre mi cabeza hasta atontarme.

Y tras insistir unas cien veces que nos fuéramos, iniciábamos el camino de vuelta a casa. Y parece que todavía puedo sentir el calor del verano y su mediodía en el ambiente, y el olor, primero del ajo, de un señor que vendía ristras en una esquina del pasaje del Espino, y después el intenso aroma de los pollos a´last que hacían antes en el frankfurt. Un olor que sólo con él eres capaz de alimentarte.

Es la sensación de meterte por esa callejuela, por supuesto sin aceras, con cambio de altura, un poco de curva, empedrada, con casas viejas, y el fresquito que corría de repente por ellas en comparación con la bulliciosa plaza. Y después del pasaje, la sensación volvía a repetirse por la calle Azlor. Y aunque mi madre y yo volvíamos a huir del sol bajando por la calle San Lorenzo, no me abandonaba la sensación de estar en el mismo espacio al pasar por las casas de los hortelanos que pueblan esta calle y la paralela, la calle Padre Huesca.

Ahora dicen que van a ordenar la zona, que van a sanear la calle Azlor, y la travesía Ballesteros, y las plazas de San Félix y San Voto, y en la calle Padre Huesca van a hacer una operación urbanística y no sé cuántas cosas más. Y sí, quizá sea bueno para el desarrollo de la ciudad. No soy una experta en arte, ni dejo apoderarme por la nostalgia más de la normal, pero tengo una extraña sensación de que todos, estamos asistiendo con los brazos cruzados a la desaparición de una forma de ser ciudad que todavía continúa siendo nuestra esencia. Parece que nuestra única intención es borrar todo rastro, toda huella de lo que en otro momento hemos sido. Un modelo de ciudad de casas bajas, una parte de la ciudad con calles estrellas, ideales para perderse de vez en cuando, de esas que les vuelven locos a los turistas.

Quizá todo eso en cuestión de diez años se encuentre en el mismo sitio donde todavía guardo el calor de aquel verano, el olor de aquellos pollos.

Comentarios