Lorenzo Acín.

Esther Puisac

Con la muerte de Lorenzo Acín perdemos una parte muy importante de la historia cotidiana, de la intrahistoria de los oscenses. A buen seguro, que más de media provincia tiene una anécdota que contar de él o con él. Gracias a los exquisitos frutos de sus fogones se han unido personas, familias, se han celebrado los momentos más importantes de la vida de mucha gente, se han sellado negocios, o simplemente se ha podido a su mesa disfrutar un poco más de la vida.

Pero Lorenzo Acín es mucho más que una cabeza al frente de un negocio hostelero. Lorenzo es una parte fundamental de ese triunvirato genuino que son los hermanos Acín. Los tres han llegado a lo más alto, se han codeado con lo más granado, ellos han cortado y han pinchado en esta Comunidad Autónoma más de lo que se puede imaginar. Y lo que no han cortado y pinchado, han sido testigos de excepción de cómo se hacía. Hablar de los hermanos Acín desde los 80 era un sinónimo de éxito. Personal, por su simpatía y facilidad de trato y profesional, por ser los primeros que restauraron en lugar de servir comidas.

Lorenzo Acín ha tenido el mérito de obligar a la gente a saber que la pereza de tener que coger el coche y recorrer 20 kilómetros tenía una genuina recompensa: disfrutar de una de las mejores mesas de todo el país.

Decir que Lorenzo Acín ha alimentado a reyes, artistas es hoy una tontería. Porque el mismo trato abierto, de tú a tú, se lo dio a ellos y se lo dio a usted cuando fue a encargar el banquete de boda, o el día aquel que hacían 20 años de casados con el marido. Acín, mientras la enfermedad se lo ha permitido seguía haciendo lo de siempre: supervisar hasta el último detalle, controlar desde la servilleta, al repertorio de sartenes y su limpieza, la temperatura de las cámaras o los guantes de los camareros. En el restaurante, las cosas no debían estar bien: tenían que estar perfectas. Esa es la diferencia entre Acín y los demás.

Pero la saga de los Acines no se pierde ahora por la ausencia de una de las patas del trípode. Desde hace ya un tiempo, detrás, con el respeto que se merece un padre, lleva trabajando su hija Ana, una mujer que en el día a día ha aprendido todo aquello que ninguna escuela o universidad enseña, todo aquello que ha llevado a lo más alto a su padre, y a su feudo, La Venta del Sotón.

Pero hoy no es día para hablar de alturas, ni de medallas, ni distinciones. Hoy lloran los bogavantes, y los erizos de mar, llora la escarola y lloran los cardos. Y sobre todo llora el ternasco, y sus patatas a lo pobre, llora su familia, su millón de amigos que deja en el mundo. Y a todos aquellos que tienen a Lorenzo Acín dentro de los álbumes de fotos de su vida, les da la sensación de que hoy ha pasado definitivamente una página de su vida.

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