El muro

Esther Puisac

¿Se han fijado alguna vez en la palabra ?muro?? A pesar de que es algo que se levanta con esfuerzo, que nos defiende de las inclemencias del tiempo, que forma parte fundamental de una casa, los muros levantados suponen en el lenguaje corriente (y también en el poético) obstáculos, barreras, fronteras. Los muros suponen separación. El muro de las lamentaciones, el muro de la vergüenza que fue el de Berlín. No, los muros no tienen muy buena fama, la verdad.

Pues por si no se habían dado cuenta, en Huesca tenemos uno de estos muros, que lleva todo el camino de convertirse en el de la Gran Vergüenza. Y paradójicamente, éste no ha sido levantado, no ha sido construido. Este muro ha surgido, extrañamente por derribo. Por derribo del resto de la construcción de la que formaba parte. Y es un muro que amenaza con quedarse. Es el muro en forma de ?L?, que es lo único que queda en Casa Aísa. Un muro alto, solitario, viejo y micropilotado. Un muro que podría haberse caído hace tiempo, más que nada por que nadie parecía acordarse de él.

Y el día en que Consejería de Sanidad, CAI y Ayuntamiento de Huesca ponen sus ojos en este edificio, para revitalizar el Casco y ubicar allí un necesario centro de día, Patrimonio considera que esa fachada, hasta entonces ignorada, debe conservarse, y por eso, micropilotarse. Y después se encuentra un yacimiento arqueológico, y se va incrementando con una cosa u otra el presupuesto. Y de un proyecto que supondría uno o dos millones de euros en cualquier punto de las afueras, su precio se dispara, y se dispara, y se vuelve a disparar.

Y aunque nadie quiere ser el guapo que tire definitivamente la toalla, Casa Aísa, o ese esqueleto erguido que queda de ella, tiene todas las papeletas para quedarse tal y como está. Como una pared en un desierto, como un cirio pascual en una tarta, como un muro de la vergüenza o de las lamentaciones. Vergüenza y lamentaciones por todo lo que supone tener una idea y querer darle vida a la parte más antigua de la ciudad.

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