Polvo eres

Cristina Pérez

Darle tierra a la sardina. Empieza la cuaresma. Polvo eres y en polvo te convertirás. La ceniza nos hará iguales. El fuego borra las impurezas. Se acabó la máscara. Se abre el tiempo de la reflexión, de la preparación para revivir un año más la pasión. La pasión de la muerte y la resurrección. Los símbolos por un lado, la fe por otro y la tradición siguen marcando el ritmo de la vida. Casi más que la propia evolución del sistema solar con las vueltas de la tierra y de la luna, con las noches los días y las estaciones del año. Mucho más que lo que ordena y manda esa otra vida telemática. Más allá de vivir dentro o al margen de esta corriente, el hombre acelera o frena su ritmo de vida dependiendo de lo que la historia ha ido escribiendo. Las tradiciones suponen al fin y al cabo la obligación de repetir los mismos gestos que hicieron nuestros antepasados. Porque se trata de reconocernos en ellos, de sentirnos partícipes de una cadena que no para.

Todavía, sin embargo, muchos guardamos oculto ese escalofrío de sentir de niños la señal de la cruz en la frente hecha con ceniza. Ningún niño es capaz de asimilar ese gesto, casi un estigma, que habla de la insignificancia del ser humano. Sin embargo cualquier niño sí es capaz de salir a la calle disfrazado y entendiendo que la vida es fiesta y juegos.

La seriedad que parece implantarse a partir de ahora, esa doña cuaresma que se impone a don carnaval, reflejan a fin de cuentas un sentimiento de recogimiento, un freno quizá al exceso de diversión, una llamada a la introspección , un tirón de orejas a la conciencia subversiva.

El carnaval acaba, empieza otro ciclo en la vida. Sin perder de vista el material frágil del que estamos hechos, el polvo, no se olvide de que además , el hombre, está hecho de sentimientos, de vida y que quien nos la dio lo hizo, sobre todo, para que la disfrutáramos y la compartiéramos.

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