Cartas al director: Centros penitenciarios y otras cuestiones

Mariano Casanova Allué

Denominación moderna que ahora se da a las cárceles, y que se les llame de una forma u otra, siguen siendo los vertederos de la sociedad, esas Instituciones Penitenciarias, y así, lo miso que en un basurero, aparecen objetos y cosas en buen uso, revueltos entre las inmundicias, así también van a parar a las cárceles personas inocentes, que han sufrido ese destino por injusticia de la Justicia.

Hace muchos años, un Padre Jesuita me dejó un libro ?El delincuente en el estado Social de Derecho?, como colofón de las conversaciones que habíamos tenido sobre las cárceles que el frecuentaba en consuelo y ayuda de los presos, ya narraba infinidad de historias y casos, más llenos de penas, dolores e injusticias, que de alegrías. Y quién me iba a mí a decir que pasados muchos años (casi 20), al sufrir en mi propia carne el ingreso y permanencia en la cárcel de mi hijo (minusválido psíquico al que se le negó el ingreso en un Centro Psiquiátrico), había de recordar a tantos marginados y tantas víctimas de la injusticia judicial.

A raíz de los contactos que he tenido con internos, funcionarios, directores y personas afines de esos ?recintos?, saco como consecuencia que poco ha cambiado la vida del recluso, los tratos al penado, me refiero a ese ?status social?, dentro de la cárcel, con sus renuncias, abusos y peligros. De otra parte, habrá cárceles más nuevas, más modernas, más limpias, pero aún quedan recintos obsoletos, que deberían desaparecer.

La cárcel es de por sí dura por muy fuerte y sano que uno se encuentre, para un enfermo psíquico y familia es un mundo incomprensible e infrahumano. Cada día aparecen y permanecen situaciones vergonzosas, como algo que llaman ?la celular?, celdas de aislamiento en que el recluso permanece esposado a la cama y sólo se le suelta un brazo para comer, o sencillamente de aislamiento, que no deja de ser una celda de castigo, durante días sin ver a nadie, sin hablar, sin leer, sin enseres, en la soledad más absoluta a solas con sus pensamientos y en algunos casos con 40 grados de calor, y en otros con un frío considerable.

El caso del recluso que nos ocupa, no creo que sea único en las cárceles españolas ?para desgracia de otros- y si lo fuere sería lamentable y vergonzoso. Uno hace el ingreso como preso COMÚN y por el tiempo señalado. Ni es un asesino, ni un violador, ni chulo de putas, ni traficante o drogadicto, ni ladrón, ni siquiera mala persona (pero tiene que convivir con ellos), es un joven de 32 años minusválido psíquico con un grado del 74% (que se puede probar por activa y por pasiva) que en una de sus crisis se resiste ante el acoso de la policía municipal, se magnifican los hechos, y el Tribunal decreta su internamiento en la cárcel, denegando la petición de que fera destinado a un Centro Psiquiátrico, para su cumplimiento. Una vez internado se le suministran los fármacos prescritos para su enfermedad mental, lo cual demuestra que es cierta.

Al ingresar como preso común, no como enfermo, así es considerado durante su condena, y por lo tanto se le aplica el Reglamento con todas sus consecuencias. Nosotros, sus padres, ante los ?palos? que recibe, no entendemos cómo sufre un trato de régimen duro y degradante, persona enferma que merece un trato más humano y benevolente. El enfermo acarrea crisis, que están a flor de piel, y ante cualquier contrariedad, (que cualquiera de nosotros no le daría importancia) emergen en forma de rebeldía o agresividad, que en cualquier caso son de inmediata sanción de acuerdo con el Reglamento.

Hablan de algunas cárceles que están preparadas para la reinserción de los delincuentes a la sociedad, pero sabemos de otras muchas que carecen de medios para que ésta labor sea eficaz. En cualquier caso, a nuestro hijo que ha sufrido numerosos traslados y ha recorrido los Centros Penitenciarios de Huesca, Castellón, Almería, Puerto de Santa María otras dos, dos más en Valencia y Soto del Real, nadie le ha hablado de inserción, ni de reducción de la pena por trabajos, y como es natural nada de atención psiquiátrica y vigilancia de la medicación que es lo que más necesita, que sí la hubiera tenido en un centro psiquiátrico. Sin lugar a dudas, el tratamiento hospitalario algo hubiera equilibrado su estado psíquico y evitado la cantidad de penas y castigos que ha surido.

La sociedad en general, instituciones que demandan continuamente el respeto a los derechos humanos, la Iglesia, etc., deberían atender más a los privados de libertad, incluido el Estado. Cuando al preso en este caso ?minusválido psíquico- se le da ?caña? sin contemplaciones, los padres sufrimos la misma condena, los mismos castigos, las mismas vejaciones, y tenemos que acostumbrarnos a vivir con la angustia, la desesperación, la permanente inquietud, el estrés, un dolor en el hondo del alma, sólo aliviado por nuestras convicciones cristianas.

La injusticia cometida con nuestro hijo nunca podrá ser reparada y difícilmente olvidada, la negación de su ingreso hospitalario por el perjuicio grave que le ha ocasionado y porque no había razones de peso para tal negativa. Después de cuatro años, algo hubiera mejorado su salud mental. Esa equivocación, esa incomprensible negación de un Centro Psiquiátrico ha impedido y cortado de raíz la asistencia psiquiátrica y neurológica, que venía recibiendo, unas veces con ingresos cortos de ocho o diez días, cuando emergía alguna crisis aguda, y siempre vigilado y atendido por el Psiquiatra y Neurólogo en régimen ambulatorio, significando que siempre fue fiel cumplidor hacia la medicación y respetuoso con otras directrices médicas.

Hoy día, continuamente alejado de su familia, deambulando de cárcel en cárcel, de sanción y castigos, agredido por otros reclusos por no prestarse a sus exigencias, es un hombre derrotado, falto de moral, que no entiende, y quizá no entienda nunca la situación que padece, pero tenemos la esperanza de que, como es una buena persona, lo podamos recuperar tanto física como psíquicamente.

La Institución Judicial como obra humana, puede equivocarse. Esto lo dijo un Magistrado. Manifiestan sobre todo, los políticos cuanto están en el ajo ?que acatan la sentencia, pero que no la comparten?.

Bien, pues nosotros, que en absoluto la compartimos, la hemos tenido que acatar en contra de nuestra voluntad. Dicen que los errores se pagan, pero lo triste es tener que cargar con los errores de los demás. Si difícilmente se inserta a la sociedad a una persona a través de la cárcel, para un enfermo mental no es el lugar más adecuado.

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