Operación Triunfo

Esther Puisac

La televisión, ese espejo de lo que todos somos llevado hasta la exageración y encerrado en una urna, arroja en las últimas semanas un nuevo fenómeno de análisis. Si recuerdan, el programa ?Gran Hermano? ya generó unas sesudas tesis acerca del voyeurismo, el símil de control sobre el hombre o una curiosidad raramente entendida sobre la vida de los demás. Ahora ya no basta con ver a un grupo de doce personas que comen, bailan, dicen tonterías, se alegran mucho sin motivo, y por eso mismo, pueden echarse a llorar de repente.

Llega la ambición, la búsqueda de la fama. Es una maravilla de fábrica de fama. Desde su sillón usted puede ver como un chico más bien ordinario y sin muchas luces, como su vecino del quinto, puede ser en tan sólo cuatro meses famoso de verdad. Pero famoso, famoso. Famoso y además rico.

Pero hay que recordar que ?la fama cuesta, y la vais a pagar con sudor?. O al menos es el precio para miles de bailarinas que se han dejado la puntas de sus pies sobre la sala de ensayos, las miles que taconean, y taconean, buscando la perfección. Y suda quien lleva años yendo a canto, y suda también quien lleva su maqueta a una discográfica por decimocuarta vez. Y menudas gotas le caen a aquellos chavales que mientras firman su contrato con una empresa de música, se les promete el oro y el moro a cambio de todos los derechos de autor sobre su obra, una dedicación de 27 horas al día, por un porcentaje de ventas misérrimo. Chorros de sudor mezclados con pintura y con un lienzo, peleándose con un cuadro para plasmar en él esa idea que hierve en la cabeza y en el alma. Un lienzo que quizá sólo un reducido grupo de amigos llegará a contemplar. Mares de sudor frente a un folio en blanco, en la soledad de una habitación, creando lugares, personas, sentimientos, situaciones, jugando con el lenguaje como si fuera una de esas serpientes con las que se podía hacer formas, incluso una bola, cuando éramos críos.

Varios programas nos muestran que sí, que la fama cuesta, pero con un coste limitado. En una escuela, a la que ha sido difícil entrar, se les enseña todo a lo que puede aspirar un cantante. Y yo, mientras veo a estos muchachos decir ?lo maravilloso que es este público?, no puedo dejar de pensar en todos aquellos grandes artistas que les observan desde el salón de su casa, con callos en las manos, en los pies, y sobre todo en alma, por los golpes contra su arte. Unos artistas que después, apagarán la tele, se dormirán como todos los días, rumiando sus sueños, y que mañana, con toda la fuerza que sirve para mover montañas, seguirán luchando un día más porque alguien llegue a reconocerles su fama.

Porque aunque la sociedad no lo sepa, todos ellos ya la llevan dentro.

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