Postales navideñas

Esther Puisac

- ?Pero ¿los has visto? ¿Tú tienes ya?

Huy, yo no. Estos días, como no se puede entrar en los bancos de las colas que hay, he pensado que lo mejor es pagarlo todo con tarjeta. Y para las cosas pequeñas, con el suelto en pesetas que todavía me queda en el monedero.

Mira, pues a mí me han dado un montón.?

Y afloran del bolsillo un puñado de piezas metálicas relucientes. Tienen tanto brillo y su sonido es tan metálico. Mucho más ligero que la peseta. Bueno distinto. Y del brillo que tienen, casi es difícil distinguir el valor de cada una. Menos mal que al menos, de forma didáctica, el tamaño va correlativo a lo que vale.

Y la gente, cada vez que tiene que pagar con la nueva moneda (que en el fondo hace mucha ilusión) se las mira atentamente. Y vemos multiplicadas por mil, allá donde miremos, la imagen de un crío de seis años que su madre ha mandado a por pan y comienza a comprender el valor de las monedas. Pero eso sí, antes de dárselas a la tendera se asegura hasta lo indecible. No vaya a ser que nos time. Y como los críos de seis años, que si sobraba una peseta la intentábamos sisar, ahora, como no sabemos muy bien cuánto es un céntimo o dos, pues mejor no dejamos propina. Que por cierto es lo que está pasando en los bares.

Y aquí nadie se libra. Ni los mayores porque ya tuvieron fracciones de moneda ni los más jóvenes porque se adapatan a todo más fácilmente. Aquí todo el mundo tiene sus dificultades. Que los críos, después de haber aprendido las pesetas les hacen aprenderse los euros. Y a los mayores, después de ahorrar, de ser unos peseteros durante toda la vida, ahora ¿qué serán?

Un consejo, cojan esos primeros euros que han conseguido y háganse una foto. Que en estos momentos estamos haciendo Historia. Por eso, y por si acaso luego dejarán de abundarnos.

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