Postales navideñas.

Esther Puisac

Empujamos la pesada puerta de cristal y entramos en una tienda que huele a plástico y a trapo y en general a juguete nuevo. Nos quedamos asombrados de la multitud de colores que se le pueden dar a los artículos, y sobre todo de la cantidad de juguetes distintos que hay. Y eso que nosotros pensábamos que nuestros hijos habían pedido todos los existentes.

Llevamos en el bolsillo una impresionante carta, que sabemos que tenemos que dejar a los pajes para que sean ellos los que se encarguen de decirles a los Reyes qué es lo que quieren los pequeños de la casa.

Y la verdad es que parece que nos entra una fiebre, que no nos va a importar enfrentarnos después a la cuesta de enero tras haber gastado en pesetas y euros casi lo que no tenemos, todo lo damos por bien empleado al ver esas chispas mágicas que les salen de los ojos a los pequeñajos cuando ven a los reyes.

Todos los restos de inocencia de este mundo ennegrecido por el humo que todos echamos se encuentran en esos ojos, en esa risa absorta, en las historias y cuentos que los niños se montan en su cabeza sobre los Reyes, el portarse bien, el mandar la carta, incluso la forma en la que sus majestades dejan sus regalos en casa.

Unas caras que en Huesca podemos ver también en el guiribyte, cuando los niños, a través de ese ordenador con el que están endemoniadamente familiarizados, pueden hablar por videoconferencia con los Reyes.

Y lo mejor de todo, es que esos maravillosos restos de inocencia se pegan. Y sino me creen, miren las sonrisas, los ojos de los padres, los tíos, los abuelos o los amigos que llevan a los niños a ver a Melchor, Gaspar y Baltasar. En algún momento, también los mayores se dan cuenta que la magia y el secreto de los Reyes Magos todavía sigue allí, 2002 años después de adorar al niño Jesús.

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