Pasó haciendo el bien

Esther Puisac

Hola Javier. Ésta es la última carta que te escribo. Por fin, este lunes, has dejado de sufrir. Ya llevabas mucho tiempo enfermo, hacía semanas que no comías, sólo la morfina y tu fé te ayudaba a pasar este paso. Porque tienes claro que esto es sólo un paso.

Nosotros en este paso más atrás, llevamos un año echándote de menos, pero sabemos que ahora el hueco es definitivo, la ausencia es para siempre. Ahora, en estos días se dicen palabras magníficas sobre ti, comentarios, grandes boatos, un funeral por todo lo alto, pero tú, a buen seguro que hubieras preferido algo más pequeño, algo más sencillo. Quizá menos autoridad y más pueblo, de ese que estaba en la plaza de la Catedral. De esos ancianos, gitanos, pobres, olvidados. Pero en el fondo lo comprendes. Debe ser así. Y no porque despedimos a un obispo, sino porque la Catedral se ha quedado pequeña, a pesar de ser el templo más grande, para todos los que queremos decirte adiós. Te has ido con el Alba de los pueblos, ese ropaje que toda la diócesis te regaló, y que usaste cada vez que ibas a cada uno de los pueblecicos. Y te has ido con tu báculo de madera, sencillo, tosco, pero labrado con todo el cariño de los de aquí. Y por no querer, no has querido ni flores. Pero una vecina tuya que acordó de lo que te gustaba la albahaca, igual que a San Lorenzo, y te ha llevado un par de matas.

En esta despedida, valorarás entre todos los lujos la sencillez de los que te han ido a llorar de verdad. Ahora quiero recordar cuanto te conocí, cuando siendo tan sólo una cría, mientras mis tías te saludaban de la forma en la que les habían enseñado, con reverencia incluida, tú me miraste fijamente a los ojos y me diste dos besos de amigo.

Adiós Javier, tu talla física era absolutamente proporcional a la humana, un pecho tan grande para un corazón igual de inmenso, en el que han cabido parte de Huesca, y parte de Navarra.

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