Ciudadano Javier

Esther Puisac

¿Qué siente un hombre cuando decide que va a pasar el resto de su vida consagrado a Dios? Seguro que deben muchísimas las dudas, y no creo que toda la carrera eclesial, en el seminario deba ser un camino de rosas. ¿Qué siente un hombre cuando después de estar luchando por lo que cree, por un proyecto de renovación y apuesta por la juventud, ve que todo se acaba, relegándolo a una diócesis conservadora que ni siquiera conoce?

Con cuarenta años, y la fama de un obispo rojo, Javier Osés caía en el año 69 en una Huesca mayoritariamente cerrada, conservadora, y que estaba del lado del entonces administrador apostólico, Damián Iguacen. Él vino con los nuevos vientos, con un dos caballos, con la sonrisa por delante, con ese porte bonachón y noble de hombre del norte. Y con su chapela y su dos caballos, y sus usos, que nada tenían que ver con lo de ?vivir como un obispo?, demostró a los oscenses que algo estaba cambiando en el mundo cuando estaba cambiando en la Iglesia. Un obispo que intentó hacer lo mismo que Aquel a quien sigue, estando siempre con los pobres, con los olvidados, con los ancianos, los enfermos y los presos, echando a los mercaderes del templo, quitando artificios y llevando la palabra de Dios a los grupos pequeños, donde se puede analizar y donde puede llegar más hondo.

Obispo de cristianos, y obispo de no creyentes, una persona que se ha empeñado en unir. Con sus gestos. Ni una manifestación contra el terrorismo en la plaza de la Catedral estuvo en las escaleras con las autoridades. Él se situaba entre el resto de los ciudadanos.

Adiós Javier. Para ser que no conocías Huesca, te has hecho un hueco en el corazón de todos. Tú eres el obispo, pero sobre todo, entre nosotros has sido un ciudadano, un hombre bueno. Que no es poco.

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