El pastor trashumante Pelayo Noguero recibe el Cayado de Honor

El pastor trashumante Pelayo Noguero recibe el Cayado de Honor en la V Jornada de Pastoralismo y Trashumancia celebrada en Barbastro. Pelayo, de casa Garcés de Fanlo, se mostraba orgulloso de poder recibir este galardón, del que hacía también partícipes a todos los ganaderos aragoneses.

Este pastor, de sesenta y seis años, se retiró el año pasado después de toda una vida dedicada al pastoreo trashumante por la zona de Góriz y Torrecilla de Valmadrid, en la comarca de Belchite, una labor que compartía con sus hermanos Aurelio y Ramón, siguiendo así la tradición heredada de su familia.

Los tres hermanos comenzaron con trescientas ovejas, pero la evolución y el paso del tiempo las convirtieron en más de tres mil. Pelayo Noguero recordaba así los comienzos y lamentaba el hecho de que, una vez que sus hermanos se jubilen, deberán abandonar la ganadería porque no hay nadie que continúe con el oficio.

Noguero también expresaba su preocupación por la escasez de ganaderos que quieran hacer la trashumancia a los pueblos, a pesar de que las condiciones y las circunstancias son diferentes y existen menos dificultades de las que había cuando empezó hace más de treinta años.

LA TRASHUMANCIA

Pelayo de Casa Garcés de Fanlo, del Valle de Vio, junto a sus hermanos Aurelio y Ramón llevaban ovejas de raza Churra Tensina, típica de la zona y trashumaban, primero a Caspe, durante 12 años, y luego, durante 32 años, a Torrecilla de Valmadrid.

Todos los años, alrededor del 20 de mayo, emprendían un camino de doce duras jornadas, desde los secanos de Torrecilla de Valmadrid, en la comarca de Belchite, hasta Fanlo y el pueblo de Góriz.

La primera parada se hacía en Torrero, en la ciudad de Zaragoza, cruzando ésta de madrugada, lo que se convierte en un símbolo y una reivindicación de la trashumancia en Aragón. Desde ahí, se dirigían a Huesca, atravesando el Parque Natural de Guara y, finalmente, la abandonada Solana hasta Fanlo.

En noviembre, sobre el día 10, invertían el camino en camiones, en una ruta que duraba hasta ocho días.

Por todo esto y más, dicen que Pelayo es un sabio honesto y amable, no sólo por su oficio de pastor, sino también por su filosofía de vida. Amante de su oficio, se le ve feliz y satisfecho, aunque con la sombra de inquietud que propicia la incertidumbre de no saber si los pastores trashumantes desaparecerán algún día de nuestras montañas.

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