Una ave real en el matadero

Esther Puisac

En Huesca, desde hace años, existen problemas con algunos tipos de aves. Las palomas y su manía de hacer chalés en los monumentos, los estorninos, que tiñeron de negro el cielo otoñal oscense, y de blanco el suelo del parque Miguel Servet. Incluso las cigüeñas dan problemas, por su afición a los pináculos góticos de la Catedral. En Huesca hubo cisnes que murieron salvajemente, y junto a ellos, como unas aves del paraíso, estaban los pavos reales. Una especie en extinción en la ciudad, aunque todavía quedan algunos destacados ejemplares.

Entre ellos, los oscenses que viven en el entorno del matadero tienen la suerte de contar con una vecina de excepción: una pava real, que se ha acostumbrado al trato diario con sus convecinos. La pava no tiene miedo, (insensata) ni al ser humano, ni siquiera a los vehículos que pasan por la carretera. Sólo corre de verdad cuando ve algún perro. Pero nuestra pava, a pesar de sus paseos, en los que siempre te sorprende de repente, a la vuelta de la esquina, tiene una pena. Y es que no tiene un pavo que la pretenda. Y la verdad es ésa, que no tiene uno, sino decenas. Uno es su reflejo en un citroen ZX, otro es su reflejo en un Peugeot 206. Pero el más guapo de sus pretendientes, es su reflejo en ese BMW Azul Marino, sobre todo los días en los que el coche está más limpio.

Y ella, sea invierno o verano sigue en el entorno del matadero, riéndose de todos aquellos que en los viejos tiempos perdieron la vida en un recinto que ahora es puro arte. Y entre el arroz que le baja una niña vecina, las pipas de unos chavales, sus reflejos de amor en el coche, y lo calentito que se está en las ventanas del matadero sigue viéndonos ir y venir, y nos mira, extrañada cuando pasamos rápido por su lado. Y a veces, hasta me han dado ganas de saludarla porque parece que te reconoce.

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