Canfranc llega a Estrasburgo

Esther Puisac

Algunas tribus indígenas, de esas pocas que existen en el mundo, en el momento que un avispado conquistador llegaba por su poblado, y pretendía hacerles una foto, se negaban y huían como locos diciendo que ese aparato les iba a robar el espíritu. El alma de la gran mole de estación de Canfranc es la que han robado dos fotógrafos, que en estos días exponen en el Parlamento Europeo sus obras. Así, los irlandeses, los luxemburgueses, los griegos y los austríacos van a poder saber que existe, en los Pirineos, en esa gran valla que todavía separa más que une su Europa de España, y de Portugal, y de África, un precioso edificio, que cobija la que fue una importante línea internacional, y que ahora, sirve poco más que como un lujoso decorado.

Ese espíritu de Canfranc, va dejando su larga cola de novia muerta por los pasillos repeinados del Parlamento, enseñando sus llagas, lo mal que está su tejado, los enormes desconchones, la desidia de esos dos novios que tuvo, uno francés y otro español, que la dejaron sola ante el altar, hace ya años. Y allá arriba, acompañada por cuatro viajeros locos que venían a ver las montañas y luego se iban, ha ido muriéndose poco a poco. Estos días, señores y señoras de corbata miran el espíritu de Canfranc, asombrados de su belleza, preguntando por qué ningún novio quiso a mujer tan hermosa.

Las fotografías serán retiradas de las paredes de esa sala del parlamento en tan sólo unos días. Pero los fotógrafos, las organizadoras de la exposición, y todos los que queremos a esa estación rusa metida en el corazón de los Pirineos esperamos que nuestra novia del largo velo deje su estela lánguida en el corazón de todos aquellos señores y señoras del parlamento que alguna vez en su vida tengan en sus manos el hacer algo por ella.

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