Algo para no olvidar

Cristina Pérez

Una muga, un hito, un punto común de algo, para algo. Este fin de semana se volvía a firmar un tratado que data del siglo doce, el del Puerto de Astún. Viene a ser algo así como una ratificación de la buena vecindad, encender una pipa de la paz, comprobar que el personal se sigue llevando bien y que no hay muro, barrera o cordillera que sea capaz de distanciar si quienes habitan a ambos lados, se empeñan en poner puentes.

Y hay que empeñarse. Empezar si es preciso a escribir la historia tal y como en 1131 un rey lo hizo concediendo la utilización de unos pastos y, siglos después lograr que fueran utilizados por los habitantes de todo el Pirineo.

Hoy en día la excusa podría ser otra muy diferente a la del pastoreo. Pero seria necesario poner una muga entre más de un pueblo, una señal que les recordara que es bueno compartir la tierra que nos han regalado y que alguien dejó a nuestro cuidado. La tierra y los hombres que la habitan.

Una muga obliga a acercarse una vez al año, a reconocerse unos en los ojos de los otros, a seguir un protocolo de firma, a compartir una comida, a escuchar la misma música y a decirse adiós hasta el año que viene, con la sonrisa en la boca y con esa sensación que lleva el hombre sepultada baja tanta falsa apariencia, esa sensación de que nos necesitamos y de que ahí radica la humildad.

Si tiene una muga cerca ya tiene la excusa, si no la tiene invéntesela y coloque un hito en ese sitio que hasta ahora separaba, ese punto donde una raya invisible levantaba un muro. Ponga una muga en su vida y comprobará lo que una simple piedra es capaz de lograr.

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