Pinceladas Laurentinas. Traca final

Esther Puisac

Unas hermosas ojeras que de puro violáceas parecen haber tomado el color del exceso de vino, una tremenda pila de ropa por planchar, el estómago como un colador centrifugando, las piernas como si arrastráramos doscientos kilos más, y sueño, mucho sueño, y ganas de silencio, de sopita y de sol.

Son los excesos de la fiesta, el cansancio arrastrado y acumulado, los compromisos, los familiares, y también para algunos el trabajo. Ingredientes que se mezclan con unas inevitables ganas de salir y pasarlo bien.

Menos los más jóvenes, hoy el comentario en las tiendas, en los veladores y a la hora de comer es que todos tienen ya ganas de que acabe la fiesta, descansar y volver a la tranquilidad.

Pero en el fondo, cuando asistimos a la ofrenda, apuramos los últimos vermús en los veladores, cuando levantamos la pañoleta diciendo LORENZO, NOS VEMOS EL AÑO QUE VIENE, cuando miramos la parrilla cuajada de flores en la fachada de la basílica, y cuando la traca y el último cohete nos dicen que esto se ha acabado, hacemos algo parecido al momento de las uvas en Nochevieja, echamos la vista atrás y pensamos en las fiestas, en la ilusión del inicio, la emoción de los danzantes, el olor a albahaca que rodea a San Lorenzo en su peana durante la procesión, el mercado, los familiares, los bailes, las risas, la pesadez de esa canción que no para de sonar vayamos donde vayamos, lo bien que se lo pasa el crío en las ferias, la preocupación por que la pequeña más que salir por ahí, lo que ha hecho es no entrar en casa, y el dinero que nos hemos gastado. Y lo cansados que estamos.¡Qué caramba, y que nos quiten lo bailado!.

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