Una tregua para dormir

Cristina Pérez

Que la libertad de uno acaba donde empieza la del otro. Pero no. Cuando las calles están de fiesta la cosa cambia. Por ejemplo, dentro de unos días cuando a Huesca le de el arrebato de albahaca laurentina , su libertad acabará a esa hora en la que el ayuntamiento de turno y su normativa decidan que pueden estar los bares y pubs abiertos y las carpas en marcha. Y , eso quiere decir, que su libertad acabará a eso de las once de la noche y hasta las seis de la mañana- por lo menos- no la recuperará, que por lo visto es lo que dura la libertad de cualquier espíritu festivo que se precie.

Y es normal. O no es normal. Entiendo que debe de ser un asunto peliagudo el que tiene que tratar el concejal responsable de las ordenanzas de ruidos, cuando sabe que anda trajinando con las libertades de los demás. De los que quieren libertad para divertirse sin pausa y para los que necesitan la pausa de morfeo para poder acudir al día siguiente al trabajo, más o menos lúcidos.

En festivales y en fiestas , lo ideal y por lo tanto lo imposible, seria que las zonas de marcha, de copas, de baile y de asueto nocturno tan necesarias, estuvieran lo suficientemente alejadas como para que estas libertades no mantuvieron el pulso que, al final, siempre acaba pagando la policía local del lugar.

El ruido es uno de los fenómenos que más contamina en este nuevo siglo y la noche, excepto en los castillos donde los vampiros andan con cierto trasiego, la noche es para darle tregua al sol y al cuerpo.

Pero tiene derecho el que quiere vivir de noche y tiene derecho el que quiere dormir de noche. El equilibrio lo tendrán que buscar las autoridades junto a los responsables de carpas, bares y pubs para encontrar ese punto intermedio donde el que quiera descansar le de cuartelillo durante unas horas al sueño y el que quiera divertirse haga lo propio con su marcha. Así , con un talante que rozaría cualquier mérito para llegar por lo menos a beato, podríamos dormir o bailar. Porque la libertad también, y sobre todo, es poder elegir.

Y si no, cada ayuntamiento debería de tener en cuenta a los vecinos afectados y preparar un recinto-dormitorio al que acudir los que necesitan dormir para , al día siguiente poder barrer las calles en condiciones, atender su consulta médica, arreglar lo del corte de agua, hacer el pan con los ingredientes adecuados o dar la misa de ocho sin que se le escape al mosen una cabezada.

El mundo necesita divertirse. Y el mundo necesita dormir. A ver quien arregla esto.

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