Pinceladas Laurentinas. Una niña en San Lorenzo

No he vivido la época de los hortelanos oscenses en su máximo esplendor, pero sí que recuerdo el olor a tierra que llevan los productos de las huertas cuando las lechugas y las cebollas llegaban a los patios de la calle San Lorenzo y a Padre Huesca. Y es que la plaza de Santa Clara siempre ha sido un escenario de lujo.

En agosto, Enrique Güerri el medianero acababa los riegos de las matas de albahaca mientras yo iba a jugar por esa zona, cuando allí mismo acababa la ciudad. Y siempre me daba un rameta. Y ya no una rameta, sino una impresionante mata de albahaca, de las de hoja bien preta es la que de siempre nos daba doña Perpetua, de Casa Pisón.

Y cuando subías para el coso, todo era movimiento. La gente con las cestas llenas de comida, las tiendas a rebosar, los escaparates sólo de blanco y verde y todo el mundo con la albahaca, grandes matas de albahaca fragante que llevaban a casa y que por el camino perfumaban la ciudad. Y mi madre, mientras tiraba de mi bracito, se paraba constantemente, saludando a gente que le contaba como le había ido el resto del año. No sabía muy bien qué significaba ese movimiento. Yo sólo me fijaba en lo guapas que iban las mairalesas, y en todo lo que me podía comprar en los puestos, y en todo lo que me iba a montar en las ferias. Pero sin saberlo, yo ya notaba ese movimiento que en este agosto hay en Huesca, y que llena a la ciudad de una alegría muy especial.

Cuando el tiempo pasa y miramos para atrás, nos damos cuenta de aquel momento que entonces, para nada nos pareció especial y ahora, nos damos cuenta de que entonces fuimos felices. Hoy no es un día más, hoy, todos lo sabemos, hay algo distinto, ya ha empezado ese ambiente diferente, que seguro, dentro de unos años, una niña muy pequeña recordará con todo lujo de detalles como algo muy especial dentro de su vida.

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